Absolutismo

Absolutismo

¿Qué es el absolutismo?

El día de hoy vamos a a repasar el contenido relativo del absolutismo el cual uno de nuestros seguidores nos ha solicitado.
Durante tres siglos, entre el siglo XVI y XVIII, existía una forma de gobierno en Europa en el que todo el poder del país se encontraba enfocado en una sola persona.
Esta persona es la encargada de elaborar los leyes y toma todas las decisiones, ya sea de indole económico, judicial, etc. Absolutismo Durante esta época, en Europa existía una teoría, la del derecho divino del poder, Dicha teoría afirmaba que el representante de Dios en la tierra era el rey y aquel que estuviera en contra de él, estaba también en contra de Dios. Uno de los reyes Europeos que representó fielmente al absolutismo fue el monarca de Francia Luis XIV, con su famosa frase “el Estado soy yo”. El rey, se encontraba rodeado por un grupo de nobles, quienes cumplían el rol de consejeros o ayudantes del monarca. A continuación se presentan los principios que fundamenta este modelo de gobierno: El derecho divino: el rey actuaba en nombre de Dios, haciendo su voluntad. El mando es hereditario y perpetuo, lo que quiere decir que al morir el rey, el poder recae en su primogénito y este lo ostentaba hasta el día de muerte. Poder absoluto, el monarca no tenía que asesorarse, ni mucho menos pedir permiso a ningún organismo para tomar decisiones. Sociedad por estratos, durante la época de las monarquías, la sociedad se encontraba dividida en clases: la clase privilegiada estaba conformada por la monarquía y el clero; mientras que en las clases más bajas se encontraban los burgueses, campesinos y demás asalariados. Administración monopolizada, todos los impuesto que eran recaudados formaban parte de la fortuna del rey y él utilizaba este dinero para sostener el ejército e incrementar sus riquezas. Muchos países de Europa mantuvieron este modelo de gobierno, algunos de ellos fueron: Inglaterra, Portugal, Austria, Francia, España y Suecia. Siendo en Francia donde se llevó a cabo el más completo absolutismo. es importante señalar que durante el absolutismo hubo un aumento en la desigualdad y el deterioro de las clases bajas, ya que los privilegios eran para los representantes de la iglesia y los nobles, cuyos derechos estaban por encima de la mayoría, sin tomar en consideración, las condiciones de vida de los demás.El absolutismo terminó por extinguirse con la revolución Francesa. Cuando hablamos de absolutismo lo hacemos de una manera de gobernar que se produjo en Europa entre los siglos XVI y XVIII. En el sistema absolutista, el poder lo podíamos ver concentrado en una única persona, que en aquellos tiempos era el rey o monarca. Él era el que tenía el poder para hacer las leyes y tomar todo tipo de decisiones. En el continente europeo, una vez acabadas las guerras de religión es cuando apareció este modelo para gobernar que tenía como principal rasgo, el contar con una única autoridad. El absolutismo daba total mando al rey En aquella época en Europa la teoría imperante era la del derecho divino del poder, que decía que el representante de Dios en nuestro planeta era el rey y que quien estuviera en su contra, también lo estaba de Dios. Uno de sus representantes más populares era el rey de Francia, Luis XVI, con su legendaria frase “el Estado soy yo”. El monarca tenía el apoyo de un grupo de nobles, que eran los que tenían un papel de consejeros cara a las múltiples decisiones a tomar. Principios del gobierno absolutista Vamos a ver los principios en que se basaba: Derecho divino: el rey tenía unas actuaciones que realizaba en nombre de Dios, haciendo lo que su voluntad quería. Mando hereditario y perpetuo: cuando moría el rey, el poder pasaba al primogénito y lo ostentaba hasta que fallecía. Un poder completo: en el poder absoluto el monarca no necesitaba asesoramiento para tomar las decisiones que él estimara. Sociedad estratificada: en aquella época, la sociedad se dividía en clases. Monarquía y claro eran la clase privilegiada y las clases más bajas la conformaban los burgueses, campesinos y demás asalariados. Monopolio de la administración: los impuestos que se recaudaban pasaban a ser parte de la fortuna de un monarca que lo usaba para el aumento de la riqueza y el sostenimiento del ejército. Este sistema tuvo muchos países que lo siguieron, caso de España. Suecia, Austria, Portugal, Inglaterra o Francia, donde en este último caso se llevo a cabo por completo. Conviene dejar claro que durante el periodo absolutista se produjo un aumento de la desigualdad y el deterioro de las clases más bajas, puesto que los privilegios eran para los representantes de la iglesia y la nobleza, que tenía unos derechos por encima de la mayoría de la población, sin hacerles caso. La Revolución Francesa puso fin a esto. Absolutismo Concepto: Es un sistema de gobierno absoluto, en el cual el poder reside en una única persona que manda sin rendir cuentas a un parlamento o la sociedad en general. El absolutismo fue muy usual desde el siglo XVI hasta la primera mitad del XIX, cuando diversas revoluciones lo derrocaron. Absolutismo. Es una doctrina política caracterizada por la teórica concentración de todo el poder del Estado en manos del monarca gobernante. Al comienzo de la Edad Moderna se asientan en el poder los reyes absolutos, creando los Estados nacionales. El absolutismo monárquico se impone como ideología de Estado gracias a los juristas que salen de las universidades; principalmente las de Bolonia, Salamanca, París y Valladolid; pero también triunfa por que se extiende la doctrina del origen divino del poder de los reyes. Esto se traduce en que el rey es el único que puede crear leyes, a través de la pragmática. Los reyes apoyan su poder en diversas instituciones, que afectan a todo el territorio, creando así los Estados nacionales. Son instituciones como el Consejo Real, formado, principalmente, por la nobleza y los letrados profesionales. Los reyes crean, también, ejércitos permanentes. Son ejércitos profesionales de mercenarios que guardan fidelidad al rey. Esto les libera de la dependencia militar de los señores feudales; pero son ejércitos muy caros, y están inmersos en continuas guerras. También se desarrolla la diplomacia, con los primeros embajadores permanentes en los reinos extranjeros. Los primeros embajadores los envía Venecia. Otra institución que se crea en esta época es la Administración de justicia, a la que se acude: primero a los alcaldes, y en última instancia a las Audiencias y a las Cancillerías. Esta Administración que sostiene el poder real se extiende por todos los reinos, y afecta a todo el territorio. Se crea una burocracia funcionarial, en la que los oficios son otorgados por el rey. En ocasiones estos oficios eran alquilados, o incluso vendidos por el titular; como la recaudación de impuestos, que solía ser alquilada porque costaba más recaudar los impuestos en distintas partes que lo que se iba a recaudar. El Estado nacional se caracteriza porque la legislación no está limitada por los fueros, las ciudades o a los señoríos, sino que se aplica en todo el territorio. Esto no quita para que cada estamento social, o cada asociación privilegiada, tenga sus leyes y sus jueces. La única institución cuya legislación es de aplicación en todos los reinos de una corona es la Inquisición, de la que se valen todos los reyes para unificar las leyes de su corona. Para autores como Tyndale la rebelión es siempre condenable, ya que la autoridad ha sido instituida por Dios, y la obediencia a los reyes es un deber natural. El rey representa la imagen de Dios en la tierra. Se condena no sólo la rebelión contra el rey sino también contra el orden social establecido. Sin embargo, aunque el rey tiene todo el poder, no debe abusar de él, y debe aceptar las costumbres de los reinos que regenta. Según Seyssel el poder real está limitado por tres frenos: las obligaciones de conciencia del rey y el carácter cristiano de la monarquía, los parlamentos y las buenas leyes; ordenanzas y costumbres de los reinos. Pero los grandes teóricos del absolutismo en la Edad Moderna son Nicolás Maquiavelo, Hugo Grocio, Thomas Hobbes y Jacques Benigne Bossuet. En el siglo XVIII el absolutismo se convierte en despotismo ilustrado. Sumario 1 Historia 1.1 Supervivencias feudales y particularismos locales 2 Características 3 Sociedad estamental 4 Desarrollo histórico 5 Causas religiosas 6 Causas políticas 7 El absolutismo monarquico 7.1 La monarquía absoluta y su poder centralizador 7.2 El absolutismo en la Península Ibérica 7.3 La nobleza menor 7.4 El perfil de la nobleza 8 Factores decisivos 9 Fuentes Historia La conocida sentencia deLuis XIV de Francia resume en pocas palabras la esencia del absolutismo: un régimen político en el que una persona, el soberano, ejerce el poder con carácter absoluto, sin límites jurídicos ni de nunguna otra naturaleza. Resulta totalmente artificial oponer los tumultos de la Reforma a la soberana majestad del "siglo de Luis XIV". Bajo diversas formas, el absolutismo ha sido la forma de gobierno de muchos países en distintas épocas. Sin embargo, se ha reservado dicho término para designar, en un sentido específico, el ejercicio del poder en un momento histórico y espacial concreto: el de las monarquías absolutas europeas de los siglos XVI al XVIII. Muchos autores distinguen un primer períido, correspondiente al siglo XVI, de monarquía autoritaria, que no llegaría a ser plenamente absoluta hasta mediados de la centuria siguiente. La corte de Luis XIV. El siglo XVI, es un siglo innovador, lo es también en el campo de las ideas políticas. La Europa de comienzos del siglo XVI es un mosaico de cuerpos políticos muy diferentes. Junto a reinos diversamente organizados, pero ya sólidamente implantados en su independencia nacional, existen repúblicas urbanas y señoríos nacidos en torno a una ciudad, así como principados laicos o eclesiásticos, cuya autonomía es tan efectiva en Alemania como en la Italia desembarazada de la ficción misma del poder imperial. El siglo XVII es un siglo de crisis. Crisis económicas, políticas, guerras desórdenes de los Países Bajos, religiosas y crisis intelectuales. En vinculación con el progreso del poder real en ciertos Estados, se elabora una doctrina -la del absolutismo- que se define como una soberanía monárquica sin límites y sin control, que no reconoce a los súbditos más que el deber de obedecer. El absolutismo sale aparentemente reforzado de estas crisis. El siglo XVII se nos muestra así como el apogeo del absolutismo; pero es un absolutismo precario, híbrido y en vías de ser rebasado. Precario, ya que las causas que favorecen temporalmente el absolutismo tienen que provocar, a más o menos plazo, su disolución Híbrido, porque el absolutismo del siglo XVII hace descansar la noción de soberanía simultáneamente sobre los elementos tradicionales (los deberes del monarca, el contrato, la costumbre, las leyes fundamentales del reino) y sobre elementos nuevos (mercantilismo y utilitarismo). Anacrónico, ya que, aunque el absolutismo reine, no sin luchas, en la mayor parte de Europa, se derrumba em el país más ampliamente abierto el capitalismo moderno: Inglaterra. Por otro lado, la política permanece ideológicamente en la dependencia de la religión cristiana. Y, sobre todo, el equilibrio de las fuerzas sociales, las condiciones materiales y el estado de las técnicas oponen tales obstáculos a la instauración de un poder realmente concentrado, que las tesis absolutistas, susceptibles por lo demás de interpretaciones ampliamente divergentes, encuentran vivísimas oposiciones. Es preciso señalar, además, que los conflictos mezclan siempre las cuestiones religiosas con las cuestiones políticas. Hemos de ver como las expresiones del absolutismo reflejan una secularización del pensamiento político cuyos orígenes aparecen ya en la Edad Media. El absolutismo se concebió principalmente como la negación del feudalismo. La monarquía absoluta continúa estando limitada por la ley divina y la ley natural, y el que se oponga a la dispersión feudal no significa despotismoy tiranía. El carácter nacional de las monarquías se afirma claramente en Francia e Inglaterra. Supervivencias feudales y particularismos locales En Francia, desde Luis XI; en Inglaterra, a partir de los dos primeros Tudor, y en la España de Fernando e Isabel, la autoridad del rey no cesa de afirmarse. El impuesto permanente, el ejército permanente y la multiplicación de los funcionarios reales dan forma a un Gobierno central y a una Administración provincial que controlan a las autoridades locales o las substituyen. A estos rasgos corresponden una adhesión o una resignación por parte de los súbditos. Esta modernización no rebasa ciertos límites; a pesar de sus tendencias autoritarias y centralizadoras, los Gobiernos han de tener en cuenta numerosos particularismos y han de respetar, en la forma y a veces en el fondo, las franquicias de las colectividades urbanas o provinciales. Características Centralización: El monarca encarna el Estado y es soberano, hace las leyes y administra la justicia. Dejan de convocarse las Asambleas Representativas que antes representaban a la nobleza, clero y burguesía. Concentración: No hay separación de poderes. Recaudador: establece impuestos sin el consentimiento de los gobernados. Burocracia: como consecuencia de la necesidad de recaudar, surge una burocracia que cumplirá con funciones administrativas y judiciales. Ejército permanente: constituye el aparato del estado Diplomacia: Engrandece su reino de manera diplomática, al formar alianzas matrimoniales destinadas a unificar reinos sin la conquista mediante la guerra. Iglesia: Es subordinada a la autoridad del monarca, ya que muchas veces tenía intereses opuestos al rey y esto no le convenía. Sociedad estamental María Teresa y su familia. Estamentos: Agrupaciones de personas con funciones muy semejantes dentro de la sociedad Hay tres estamentos Nobleza: Era un grupo aristocrático de gran poder. Eran la minoría junto al clero. Entregaban su poder feudal al rey y el rey les daba seguridad, les daba tierras y le otorga protección contra el burgués. La nobleza no es homogénea. Por un lado está la alta nobleza, que se distingue por su fuerte capacidad económica. Por otro lado está la baja nobleza que vive mediocremente en sus posesiones rurales. Se es noble por nacimiento pero también por la compra de tierras vinculadas a algún título. Tenían muchos privilegios. El principal fue no pagar impuestos pero también obtuvieron cargos políticos, mandos militares, altas jerarquías eclesiásticas, consiguió títulos, pensiones por merced real, prerrogativas judiciales entre otras cosas. Clero: Son, al igual que la nobleza la minoría y los privilegiados. Se llegaba a ser parte del clero por vocación. Tenían muchos bienes y estaban libres de impuestos. Tenían gran influencia en la sociedad y controlaban la enseñanza. Los que forman parte de este estamento son los sacerdotes, obispos, es decir toda la gente de la iglesia. Había una alto y bajo clero. Los del alto clero eran ricos, cultos y los del bajo clero eran pobres, de origen burgués. Luego encontramos el tercer estamento que está constituido por la burguesía y los campesinos. La burguesía está constituida por los que se dedicaban al comercio y a los negocios. Los burgueses vivían en los Burgos, o sea en las ciudades. Su deseo es ser como los nobles. Esto únicamente lo pueden conseguir a través del matrimonio o a través de la venta de títulos que hacía el rey. Le daban al rey obediencia y apoyo financiero. La burguesía al igual que los campesinos tenía que pagar impuestos. Los campesinos eran la gran mayoría y eran muy maltratados. Pagaban impuestos al rey , también pagaban rentas y producían para el reino. El campesino recibe del rey la justicia de una administración central. Con esto el campesino se ve favorecido. Desarrollo histórico Carlos III. Las teorías medievales del derecho divino suponían el poder dividido, por voluntad de Dios, en dos grandes brazos: espiritual y temporal. La iglesia, y a su cabeza el pontífice de Roma, se reservaba la potestad sobre los asuntos espirituales, mientras que el poder temporal era ejercido por otras instituciones, encabezadas por el rey. Aun cuando los conflictos entre ambas autoridades fueron continuos, a fines de la edad media el origen divino del poder real era conmúnmente admitido por los tratadistas y el pueblo. Sin embargo, la potestad real estaba limitada por fueros, leyes y privilegios de muy variado signo. A fines del siglo XVI cobró fuerza el fenómeno nacional, en íntima relación con el cual nació el absolutismo. Con el desarrollo de éste, el rey no sólo tendió a asumir la totalidad del poder temporal, sino que pretendió convertirse en cabeza de una iglesia nacional. Aunque en las monarquías que siguieron fieles a Roma se incrementó la injerencia del soberano en los asuntos eclesiásticos, ésta no llegó a afirmarse por completo. En los países en los que triunfó, la reforma dio pie, sin embargo, a la creación de iglesias nacionales, encabezadas por los monarcas correspondientes. La teoría del origen divino del poder real fue aceptada y apoyada decididamente por Lutero y Calvino, cuyas doctrinas ofrecieron a los gobernantes la oportunidad de sustituir por el suyo propio el poder de la iglesia romana. Han visto la luz diversas teorías que explican el surgimiento del absolutismo en la Europa renacentista. Parece evidente que los nuevos medios de guerra - armas de fuego y tácticas de ataque y defensa muy elaborada requerían la constitución de ejércitos profesionales y permanentes, con la consiguiente inversión de unos medios económicos que la nobleza feudal no estaba en condiciones de aportar. El incremento del comercio y las comunicaciones resultó decisivo para la consolidación de grandes estados nacionales como Francia, España e Inglaterra, que desde un primer momento estuvieron estrechamente ligados a las monarquías reinantes. Se produjo así un proceso de anulación de los privilegios locales y regionales, y la transferencia de sus jurisdicciones y poderes a las instituciones encabezadas por el monarca. Para poner orden en la fragmentada sociedad medieval, los gobernantes de los nuevos estados necesitaban centralizar todos los poderes. Con tal objeto se desarrolló una burocracia. Causas religiosas El recuerdo de las guerras de religión está todavía vivo. No cabe duda de que en una y otra parte se lanzan violentos ataques contra el absolutismo; pero, en definitiva, el absolutismo sale reforzado de ellos. En los países desgarrados por la guerra la mayoría de la población sólo aspira a la paz, contando con el monarca para garantizarla. Tanto en Inglaterra como en Francia se manifiesta un sentimiento común de independencia respecto al Papado. Mientras que Inglaterra permanece fiel al anglicanismo, el galicanismo es la doctrina oficial de la Monarquía de los Parlamentos y de los obispos de Francia. La declaración de 1682 significa a este respecto el remate de una larga evolución. El triunfo del galicanismo frente a las teorías ultramontanas libera a la Monarquía de todo sentimiento de obediencia respecto a Roma. Anglicanismo y galicanismo caminan en la dirección del absolutismo. Causas políticas Los Movimientos revolucionarios contribuyen a reforzar el Poder, a hacer sentir la necesidad de orden y de la paz no sólo en los círculos gobernantes, sino en los medios populares. La dictadura de Cromwell sigue a la revolución de 1649, y el absolutismo de Luis XIV está profundamente marcado por el recuerdo de la Fronda. El tema de la paz civil domina el pensamiento político del siglo XVII, en especial el de Hobbes. Las guerras, sin embargo, se suceden a lo largo del siglo, exigiendo una concentración y un reforzamiento del Poder. En lo inmediato consolidan el absolutismo, pero a la larga contribuyen a destruirlo. De esta forma el peligro exterior favoreció, sin duda, el absolutismo de Richelieu; pero las guerras de finales de siglo precipitaron el ocaso del absolutismo francés y el nacimiento del liberalismo europeo. El absolutismo monarquico La corriente favorable al absolutismo monárquico es más facil de seguir, a pesar de la diversidad de sus aspectos. Se trata, en primer lugar, de la aceptación tradicional y, por así decirlo, natural de la autoridad existente, de la obediencia enseñada desde hace siglos por la Iglesia; numerosos autores laicos y eclesiásticos repiten incansablemente la necesidad de esa aceptación, ocupando este tema un lugar predominante en la literatura política inglesa de la primera mitad del siglo XVI. Francia gozó después de la guerra de los Cien Años de una mayor estabilidad política. La monarquía tenía un prestigio casi místico, el del rey taumaturgo, ungido de la Sainte Ampoule y que cura las escrófulas. Sobre este fondo de creencias populares, algunos panegiristas bordan, en provecho de grupos sociales más restringidos, variaciones de alcance principalmente literario: simbología de las flores de lis, leyenda troyana destinada a exaltar la línea real y que será más tarde ilustrada laboriosamente por la Franciade de Ronsard. Cabe considerarlas como una trasposición, en otros registros, del pensamiento de los doctores y licenciados in utroque iure que pulen a placer definiciones y comentarios sobre el poder real, sin gran originalidad por lo demás, ya que todos beben en las mismas fuentes clásicas del derecho romano (cuyas sentencias la Edad Media no ha bía ignorado), incluso cuando concuerdan poco con la realidad política del momento. El rey es emperador en su reino; aunque esta frase también se utiliza en Inglaterra, en Francia, donde la tradición de los legistas posee mucho vigor, se la acompaña con desarrollo de mayor profundidad. La monarquía absoluta y su poder centralizador La monarquía absoluta fue reuniendo en las manos del Rey —el cual, a su vez, se identificaba cada vez más con el Estado— la plenitud de poderes otrora repartidos entre los cuerpos intermedios, nobles o no. Al contrario del soberano feudal, el monarca absoluto tiene en torno a sí una nobleza que le acompaña noche y día y que el sirve principalmente de elemento ornamental, sin ningún poder efectivo. Así eran los reyes franceses de la Edad Moderna, los cuales tuvieron en Luis XIV, el Rey Sol, su modelo más completo. Sin embargo, esta absorción de la nobleza mediante el fortalecimiento del poder real no afectó de la misma manera a la nobleza de otros países ni a las de diversas regiones de un mismo país. En Francia, la nobleza de la Vendée, región que más tarde habría de convertirse en foco de resistencia contra la Revolución, fue una de las que resistió contra la influencia demoledora del absolutismo. Cada vez más desprovistos de vínculos vitales con todos los cuerpos intermedios que constituían la nación, esos monarcas ya no contaban con sus apoyos naturales e incapaces de sustentarse en ellos para mantenerse en pie, debieron recurrir a redes de burocracia cada vez mayores. Esto resultó cada vez más pesado y, cuanto más pesado, más gravoso a aquellos mismos que estaban obligados a cargar con él. En Francia, los grandes feudos fueron siendo reabsorbidos por la Corona, principalmente a través de alianzas matrimoniales. El último procedimiento en este sentido, llevado a cabo por medio de negociaciones diplomáticas que tuvieron aspecto de acuerdo de familia, tuvo por objeto el Ducado de Lorena. En 1738 fue convenido entre Francia y Austria que Lorena pasaría a título vitalicio a Stanislao Leszcynski, rey destronado de Polonia y padre de María Leszcynska, esposa de Luis XV. Cuando el suegro del rey francés falleciera, dicho ducado se incorporaría automáticamente al reino de Francia, lo que efectivamente sucedió. La monarquía burocrática, sin nada de paternal, fue el Estado de Bonaparte, militar, financiero y administrativo. Después de su segunda y definitiva abdicación, el déspota corso permaneció aislado en su fracaso y ni siquiera la perspectiva próxima de su caída suscitó una revolución en su favor inspirada en el amor filial de súbditos leales con su monarca. A la manera de las que levantó la lealtad monárquica en la Vendée o en la Península Ibérica o en Austria por aquellas dinastías reales en las que aún estaban en vigor rasgos del paternalismo de antaño, radicalmente diferentes al despotismo duro de Napoleón. El Sacro Imperio Romano Germánico, electivo desde su origen, pasó a ser de hecho hereditario en 1438, con Alberto II, de la Casa de Austria. A partir de entonces ocupó siempre el trono imperial el Jefe de esta misma Casa. Aparente excepción fue la elección de Francisco de Lorena en 1745, esposo de la heredera de dicha dinastía, la Archiduquesa María Teresa de Habsburgo, quien fue designado a petición de ella, calificándolo así con el más alto título nobiliario de la Cristiandad y convirtiendo en más proporcionado ese matrimonio desigual. Aquí se constituyó la Casa de Habsburgo-Lorena, continuadora legítima de los Habsburgo al frente del Sacro Imperio. Por presión de Napoleón se disuelve el Sacro Imperio en 1806 y se reducen drásticamente el número de unidades soberanas. La posterior Confederación Germánica, con el emperador de Austria como presidente hereditario, se sostiene de 1815 a 1866. Ese año, bajo hegemonía prusiana, se forma la Confederación de Alemania del Norte, de la cual fueron excluidos Austria y algunos estados alemanes del Sur. Tras la derrota de Napoleón III en 1870 se convirtió en el Reich alemán, mucho más centralizado, donde se reconocían como soberanos veinticinco estados. El absolutismo en la Península Ibérica Las meninas de la corte. En España y Portugal, los respectivos monarcas tendieron a consolidar continuamente el poder de la Corona sobre los varios cuerpos del Estado, especialmente sobre la alta nobleza, aunque con múltiples fricciones entre ambos. En Portugal episodios dramáticos dejaron huella tanto en el reinado de Juan II —con aplicación de la pena capital al duque de Braganza y otros grandes nobles, así como la muerte del duque de Viseu, hermano de la reina—, como en el reinado de José I —con la ejecución pública del duque de Aveiro y destacadas figuras de la aristocracia, sobre todo de la ilustre Casa de los Távoras—. En España esta tendencia centralizadora ya se podía notar en diversos monarcas de la Casa de Trastámara y fue creciendo a lo largo de los sucesivos reinados hasta llegar a su auge en el siglo XVIII, con la Casa de Borbón. Durante el reinado de los Reyes Católicos se produjo una disminución del poder de la nobleza con la destrucción de castillos, la limitación de los privilegios nobiliarios, la incorporación a la Corona del señorío de las plazas marítimas y de los maestrazgos de las principales órdenes militares. Para el siglo XVIII, la llamada nobleza histórica se mostraba cada vez más afecta a gravitar en torno al soberano, de modo semejante a lo que ocurría en Francia, donde el Rey Sol y sus sucesores se hallaban cercados en la inigualable magnificencia de Versailles. La vida de corte, donde la nobleza ejercía sus funciones, le exigía un fastuoso tren de vida para el cual frecuentemente no bastaban las rentas producidas por sus tierras patrimoniales. En consecuencia, los reyes remuneraban esos cargos. Cuando esto no era suficiente, se producían devastadores endeudamientos que debían romperse por medio de uniones matrimoniales con la alta burguesía o por subsidios concedidos por los monarcas a título de favor. Tras las invasiones napoleónicas, los regímenes monárquicos de la Península Ibérica se fueron liberalizando cada vez más y perdiendo mucha de su influencia. Los títulos de nobleza acabaron por incluir en esta clase —o por preferencia personal del rey o por servicios prestados en los más variados campos— a numerosas personas que no habían nacido en ella. Tal vez ningún monarca haya llevado tan lejos la propensión a hacer de la nobleza una clase tan abierta como Carlos III de España entre 1759 y 1788. En España la proclamación de la República en 1873 y en 1931 y las restauraciones monárquicas que siguieron dieron lugar a supresiones y reintegraciones de los títulos de nobleza, con evidente trauma para el cuerpo nobiliario. En Portugal, tras la proclamación de la República en 1910, los títulos, distinciones honoríficas y derechos de la nobleza fueron abolidos, aunque, durante el régimen republicano, aquellas personas a quienes les había sido concedido un título y hubiesen pagado los respectivos derechos de merced del mismo fueron legalmente autorizadas a usarlo, con la condición de precederlo con su nombre civil. Ya en el siglo XIX se esboza el Estado burgués superpotente que en la primera mitad del siglo XX provoca la caída paulatina de los regímenes monárquicos, abriendo el camino para el Estado proletario. La nobleza menor Al lado de la nobleza por excelencia –guerrera, señorial y rural- se fue constituyendo una clase nobiliaria menor, aunque también auténtica. En España, la investidura de determinados cargos civiles, militares y culturales e incluso el ejercicio de ciertas formas de comercio particularmente útiles para el Estado confería ipso facto la nobleza a título personal y vitalicio, o bien a título también hereditario. Felipe IV, por Real Cédula de 20 de agosto de 1637, dice que el Oficial que sirva en guerra viva por un año, goce de la Nobleza de Privilegio y aquel que lo hiciere durante cuatro, pase dicha nobleza a sus herederos. La Nobleza Personal está reconocida a todos los oficiales del Ejército por orden de 1799 y en 1864 se ordena que el dictado de Don y de Noble se dé a los hijos de oficiales de mayor graduación, nietos de Teniente Coronel y a los Hidalgos notorios que sirvan en el Ejército. En Portugal, la condición de intelectual abría las puertas para la categoría de noble. Todo aquel que se licenciaba en la célebre Universidad de Coimbra obtenía un título personal y vitalicio, pero no hereditario. Sin embargo, si tres generaciones directas se diplomaban en Coimbra en Teología, Filosofía, Derecho, Medicina o Matemáticas, pasaban a ser nobles por vía hereditaria todos sus descendientes aunque éstos no cursasen estudios allí. En Francia, además de la nobleza togada –noblesse de robe-, que se reclutaba entre la magistratura, estaba la nobleza de campana -noblesse de cloche-, habitualmente formada por burgueses que se habían destacado al servicio del bien común en las pequeñas ciudades. La adquisición de nobleza podía darse por el ejercicio de cargos militares, altos cargos de la Corte como secretarios y notarios del Rey, cargos de finanzas, puestos universitarios, etc. Los ennoblecimientos de este tipo suscitaban la búsqueda de autenticidad. La condición de noble no consiste únicamente en el uso de un título conferido por Decreto Real, sino también y especialmente en la posesión del perfil característico de la clase. Es comprensible que ciertos nuevos ricos ascendidos a nuevos nobles tuviesen dificultad en adquirirlo pues, como se sabe, depende de una larga tradición familiar que, a veces, se encuentra en élites burguesas tradicionales menos ricas. El nuevo noble, lejos de embestir contra ese ambiente del cual era heterogéneo, hizo todo lo posible para adaptarse a él y, sobre todo, proporcionar a los más jóvenes una educación genuinamente aristocrática. Esto hizo que la nobleza antigua absorbiera más fácilmente los elementos nuevos por lo que, en una o más generaciones, desaparecieron las diferencias entre los nobles tradicionales y los nuevos nobles. Esto se dio por el propio efecto del paulatino transcurrir del tiempo y el matrimonio de jóvenes nobles, titulares de nombres históricos, con hijas o nietas de nuevos nobles, cuya riqueza servía a muchos de ellos como medio para evitar la decadencia económica y de conferir nuevo brillo a su respectivo blasón. Este proceso se ha dado desde la Edad Media hasta la actualidad. El perfil de la nobleza En la Edad Media y en el Antiguo Régimen la condición nobiliaria no constituía una profesión. Sin embargo, marcaba a fondo a quien gozaba de ella, al igual que a toda su familia. El Título se incorporaba al apellido y a veces lo sustituía; el blasón pasaba a ser el emblema de la familia y la tierra sobre la cual el noble ejercía su poder adquiría en la mayoría de los casos su propio nombre. Cuando sucedía lo contrario era el noble quien incorporaba a su título, a través de la partícula de, el nombre de su territorio. El noble medieval debía ser un héroe dispuesto a todo en favor del rey y de su pueblo, así como el brazo armado en defensa de la Fe y de la Cristiandad durante la guerra. Pero, al mismo tiempo, debía dar un excelente ejemplo a subordinados y pares tanto en la virtud como en la cultura, en el trato social, en el buen gusto, en la vida cotidiana. Las buenas maneras y la etiqueta se modelaban según patrones que exigían al noble una continua represión de sus impulsos. La vida social era, bajo algunos aspectos, un sacrificio continuo que se iba haciendo más exigente a medida que la civilización progresaba. En cuanto clase social, la misión de la nobleza era cultivar y difundir el impulso de todas las clases hacia lo alto. El noble estaba vuelto por excelencia hacia esa misión en la esfera temporal, como el clero en la espiritual. Hoy, de todo lo que otrora la nobleza fue o tuvo, le ha quedado solamente esa excelencia multiforme junto con un conjunto residual de medios que le impide recaer en el desenfreno típico de los nouveau riches. Privada de todo poder político en las repúblicas contemporáneas –y contando únicamente con vestigios de él en las monarquías-, teniendo una representación escasa en las finanzas, desempeñando en la diplomacia y el mecenazgo un papel casi siempre menos patente que el de la burguesía, la nobleza de hoy es mayormente un residuo aferrado a la tradición y a la grandeza de sus antepasados. Factores decisivos Los inicios de la Edad Moderna coinciden con la creciente consolidación de los Estados nacionales. La poliarquía medieval resulta paulatinamente reemplazada por comunidades centralizadas en las que los interses nacionales prevalecen sobre las particularidades locales. El Rey ya no es un primus inter pares. Se presenta ahora como cabeza de un estdo nacional con límites territoriales cada vez más precisos. Surge la noción jurídica de "frontera", desaparecen los llamados "espacios vacios" y comienza a desarrollarse una verdadera cartografía terrestre. Las casas reinantes comienzan a requerir un número creciente de colaboradores que integran las primeras burocracias estatales. En el siglo XV los estados italianos crean, con carácter estble, la diplomacia. A partir del siglo XVI las monarquías europeas establecen embajadas estables que frecuentemente son asignadas a la alta nobleza. Este proceso de centralización se cumple bajo el signo del absolutismo. El desconocimiento de la autoridad religiosa del sucesor de Pedro, el Romano Pontífice, mueve a reyes y príncipes a asumir atribuciones religiosas. Los límites derivdos de la distinción entre lo que es de Dios y lo que pertenece al César comienzan a esfumarse, generando abusos y despotismo. Tales tendencias son manifiestas en la primera etapa del protestantismo. Pero también en monarquías católicas como las de Francia y España aparecen corrientes que llevan en embrión desviaciones cesaropapistas. El Concordarto de Bolonia (1516) otorga a los reyes de Francia el derecho de "presentación" de obispos y abades. Y en España los Reyes Católicos y luego Carlos V obtienen el reconocimiento del Real Patronato. El aumento del poder real -observa Vázquez de Prada-, que venía a significar mayor eficacia del Estado, se hizo a costa de la nobleza. Sus miembros, al disminuir sus prerrogativas locales, optaron frecuentemente por incorporarse a los cargos y oficios reales de la Corte. En los cargos administrativos fueron designados a menudo hombres egresados de las universidades que pertenecían a los estratos burgueses. El pueblo llano, por su parte, no opuso dificultades al avance de la autoridad real, y poco a poco los monarcas quedaron como árbitros entre los distintos cuerpos sociales. Otros factores contribuyen a consolidar el poder absoluto de los reyes: el comercio internacional, la expansión de las monarquías europeas hacia América, África y Asia y las nuevas técnicas de guerra, fundadas en el empleo de la pólvora que torna vulnerables a las hasta entonces inexpugnables castillos de los señores feudales. Pero de mayor importancia son los factores ideológicos: la obediencia pasiva predicada por algunos reformadores, el amoralismo de los discípulos de Maquiavelo y las doctrinas francesas que tienden a afirmar el poder real para superar las divisisones derivadas de las guerras de religión. Por lo demás, desde los siglos XIV y XV, se incubaba un ruptura de la síntesis elaborada por Alberto Magno, Tomás de Aquino y sus discípulos. Las últimas fases de la filosofía del Medioevo apunta Bidart Campos- habían disociado dos ámbitos que hasta entonces estaban íntimamente vinculados: el de la filosofía y el de la teología, la razón de la fe, la naturaleza y la gracia. En lo específicamente político esa ruptura impulsará a prescindir de los límites éticos que deben observar gobernantes y gobernados, estableciéndose de esta forma las bases de los totalitarismos contemporáneos. Te explicamos qué es el absolutismo, cómo era el poder del monarca, y cuáles son las características principales de esta forma de gobierno. absolutismo monarquico El poder del monarca era ilimitado, único y pleno. ¿Qué es el absolutismo? El absolutismo fue una forma de gobierno y régimen político típicos del Antiguo Régimen (período histórico previo a la Revolución Francesa de 1789), cuya ideología dictaba que el poder político del gobernante, es decir, del Rey, no estuviera sujeto a ninguna limitación como no fueran las propias de la ley divina o de Dios. Esto significa que el poder del soberano era formalmente único, indivisible, inalienable, incontrolable y pleno. En otras palabras, era un poder absoluto, y de allí el nombre que se le confiere como ideología, es decir, el absolutismo. El absolutismo proclamaba que el monarca era el Estado, por lo que los poderes públicos emanaban de su voluntad y estaban subordinados a sus consideraciones. No había ninguna autoridad mayor que la palabra del Rey, por lo que las majestades no se encontraban sujetas a ninguna ley posible. Más en: Características de la Monarquía Absoluta Características del absolutismo Índice 1. Origen del término 2. Inicios del absolutismo 3. Fin del absolutismo 4. Límites del poder 5. Economía 6. Religión 7. Instituciones 8. Sociedad 9. Teóricos 10. Ejemplos de monarquías absolutistas Origen del término El término absolutismo no debe confundirse con otros usos más contemporáneos, como totalitarismo o dictadura, ya que en estos casos la organización del Estado se encuentra secuestrada por un partido o una cúpula militar determinada. En el absolutismo el Estado como tal no existe, ni separación de poderes, y mucho menos partidos políticos: la ley se adhiere a la voluntad del Rey, simplemente. Los orígenes del uso político de la palabra son inciertos, pero podrían provenir de la expresión latina princeps legibus solutus est (“el príncipe no está sujeto a la ley”), acuñada por el jurista romano Ulpiano. Inicios del absolutismo Las primeras monarquías de carácter absolutista se dieron a finales de la baja edad media, a medida que se sentaban las bases para la evolución de lo que luego sería el Estado moderno. La tendencia a concentrar en el Rey todos los poderes fue producto del desprestigio del papado y la Iglesia como instituciones de control moral y social, cuya legitimidad divina fue poco a poco invistiéndose en el monarca mismo, cuya voluntad representaba la voluntad de Dios en la tierra. Las monarquías autoritarias de la Europa medieval no devendrían en absolutismos “maduros” o absolutismo regio, sin embargo, hasta el siglo XVII, con el reinado de Luis XIV en Francia. Fin del absolutismo La Revolución Francesa que puso fin a la monarquía absolutista en ese país en 1789 y dio pie a las ideas de la Ilustración, por paradójico que parezca, convivió con el absolutismo en otras naciones europeas en lo que se denominó Despotismo ilustrado. Las revoluciones burguesas que barrieron los restos del feudalismo medieval e impusieron las bases del futuro orden capitalista temprano no pudieron deshacerse del todo de la figura de los reyes, y en algunos casos, como la Rusia zarista, perduraron hasta entrado el siglo XX (La revolución rusa fue en 1917). Sin embargo, la revolución de 1848, llamada La Primavera de los Pueblos, abolió la Santa Alianza y deshizo el retorno del absolutismo que caracterizó al siglo XIX (a partir del Congreso de Viena de 1814-1815). Fue un proceso gradual de caída del absolutismo, sin embargo. Límites del poder En el absolutismo no existían límites, en principio, para la voluntad del monarca, máximo jurista y autoridad en todas las materias, sociales, políticas, económicas y morales. No obstante, existían límites que no se expresaban de forma explícita, pero que de algún modo enmarcaban el poder real, y eran: La ley de Dios. El Rey estaba sometido, como todo buen cristiano, a las leyes morales de la religión y de la Iglesia. El derecho natural. Ciertas partes del derecho, que atañían a los aspectos más fundamentales de la cultura y que por lo tanto no eran consideración del Rey, se preservaban en el absolutismo. Leyes como la herencia, el mayorazgo, etc. que eran consideradas “naturales”. Las leyes fundamentales del Reino. Leyes heredadas de la historia política del Reino y que formaban una especie de Constitución intangible, fundamentada en la tradición y que no estaban necesariamente escritas, como la ley de sucesión de los propios monarcas. Economía En el absolutismo la economía solía ser mercantil y contar con una total intervención del monarca. Probablemente de la alianza entre la política feudal de la aristocracia y la burguesía insurgente, dependió que este modelo de gobierno durara tanto tiempo a pesar de haberse sentado ya las bases del venidero capitalismo. Religión En teoría, el Rey absolutista era el jefe temporal de la iglesia, cuyos hilos debía manejar. Sin embargo, el clero era demasiado grande y aún poderoso para controlarlo directamente, por lo que la influencia ejercida por los reyes absolutistas sobre el clero fue más bien sutil y discreta. En algunos casos, los más católicos, el Papa seguía siendo una institución respecto a los asuntos religiosos. En otros, el Rey podía nombrar, destituir e interferir en los cargos clericales. Instituciones El régimen absolutista no contemplaba poderes públicos de ningún tipo, excepto los designios del monarca, cuya palabra era ley. Sin embargo, existían cuerpos de funcionarios encargados de la hacienda, la burocracia, la diplomacia y del ejército, los cuales gozaban de los beneficios de su cercanía con la clase dirigente. Sociedad La sociedad absolutista estaba fuertemente estratificada, separando a los ciudadanos en tres estratos: La nobleza. Los aristócratas y terratenientes, que hacían de consejeros o aliados del rey, todos protegidos por la fuerza militar. El clero. Constituido por la clase eclesiástica, es decir, sacerdotes y monjas, que vivían del diezmo y de su cercanía con los poderes políticos. El pueblo llano. La masa de trabajadores, campesinos y comerciantes. Teóricos Los principales estudiosos políticos que se interesaron por el absolutismo como método político fueron Jean Bodin (1530-1596), Thomas Hobbes (1588-1679) y Jacques Bossuet (1627-1704). Absolutismo Enviado por latiniando Introducción La historia de las ideas políticas siempre se encuentra muy relacionada con la historia de los pueblos. La historia del pensamiento político no es la clave para entender el pasado, el presente y menos para poder disernir el futurode la historia política En este trabajo me dediqué a investigar sobre un régimen político el cual centra el poder en una persona, este regimen es el absolutismo. Su maximo exponente fue Luis XIV... pero a tenido otros protagonistas de los cuales también me he preocupado de escribir. ABSOLUTISMO "El Estado soy yo". La conocida sentencia de Luis XIV de Francia resume en pocas palabras la esencia del absolutismo: un régimen político en el que una persona, el soberano, ejerce el poder con carácter absoluto, sin límites jurídicos ni de nunguna otra naturaleza. Resulta totalmente artificial oponer los tumultos de la Reforma a la soberana majestad del "siglo de Luis XIV". Bajo diversas formas, el absolutismo ha sido la forma de gobierno de muchos países en distintas épocas. Sin embargo, se ha reservado dicho término para designar, en un sentido específico, el ejercicio del poder en un momento histórico y espacial concreto: el de las monarquías absolutas europeas de los siglos XVI al XVIII. Muchos autores distinguen un primer períido, correspondiente al siglo XVI, de monarquía autoritaria, que no llegaría a ser plenamente absoluta hasta mediados de la centuria siguiente. El siglo XVI, es un siglo innovador, lo es también en el campo de las ideas políticas. La Europa de comienzos del siglo XVI es un mosaico de cuerpos políticos muy diferentes. Junto a reinos diversamente organizados, pero ya sólidamente implantados en su independencia nacional, existen repúblicas urbanas y señoríos nacidos en torno a una ciudad, así como principados laicos o eclesiásticos, cuya autonomía es tan efectiva en Alemania como en la Italia desembarazada de la ficción misma del poder imperial. El siglo XVII es un siglo de crisis. Crisis económicas, políticas, guerras desórdenes de los Países Bajos, religiosas y crisis intelectuales. En vinculación con el progreso del poder real en ciertos Estados, se elabora una doctrina -la del absolutismo- que se define como una soberanía monárquica sin límites y sin control, que no reconoce a los súbditos más que el deber de obedecer. El absolutismo sale aparentemente reforzado de estas crisis. El siglo XVII se nos muestra así como el apogeo del absolutismo; pero es un absolutismo precario, híbrido y en vías de ser rebasado. Precario, ya que las causas que favorecen temporalmente el absolutismo tienen que provocar, a más o menos plazo, su disolución Híbrido, porque el absolutismo del siglo XVII hace descansar la noción de soberanía simultáneamente sobre los elementos tradicionales (los deberes del monarca, el contrato, la costumbre, las leyes fundamentales del reino) y sobre elementos nuevos (mercantilismo y utilitarismo). Anacrónico, ya que, aunque el absolutismo reine, no sin luchas, en la mayor parte de Europa, se derrumba em el país más ampliamente abierto el capitalismo moderno: Inglaterra. Por otro lado, la política permanece ideológicamente en la dependencia de la religión cristiana. Y, sobre todo, el equilibrio de las fuerzas sociales, las condiciones materiales y el estado de las técnicas oponen tales obstáculos a la instauración de un poder realmente concentrado, que las tesis absolutistas, susceptibles por lo demás de interpretaciones ampliamente divergentes, encuentran vivísimas oposiciones. Es preciso señalar, además, que los conflictos mezclan siempre las cuestiones religiosas con las cuestiones políticas. Hemos de ver como las expresiones del absolutismo reflejan una secularización del pensamiento político cuyos orígenes aparecen ya en la Edad Media. El absolutismo se concebió principalmente como la negación del feudalismo. La monarquía absoluta continúa estando limitada por la ley divina y la ley natural, y el que se oponga a la dispersión feudal no significa despotismoy tiranía. El carácter nacional de las monarquías se afirma claramente en Francia e Inglaterra. Desarrollo Historico Las teorías medievales del derecho divino suponían el poder dividido, por voluntad de Dios, en dos grandes brazos: espiritual y temporal. La iglesia, y a su cabeza el pontífice de Roma, se reservaba la potestad sobre los asuntos espirituales, mientras que el poder temporal era ejercido por otras instituciones, encabezadas por el rey. Aun cuando los conflictos entre ambas autoridades fueron continuos, a fines de la edad media el origen divino del poder real era conmúnmente admitido por los tratadistas y el pueblo. Sin embargo, la potestad real estaba limitada por fueros, leyes y privilegios de muy variado signo. A fines del siglo XVI cobró fuerza el fenómeno nacional, en íntima relación con el cual nació el absolutismo. Con el desarrollo de éste, el rey no sólo tendió a asumir la totalidad del poder temporal, sino que pretendió convertirse en cabeza de una iglesia nacional. Aunque en las monarquías que siguieron fieles a Roma se incrementó la injerencia del soberano en los asuntos eclesiásticos, ésta no llegó a afirmarse por completo. En los países en los que triunfó, la reforma dio pie, sin embargo, a la creación de iglesias nacionales, encabezadas por los monarcas correspondientes. La teoría del origen divino del poder real fue aceptada y apoyada decididamente por Lutero y Calvino, cuyas doctrinas ofrecieron a los gobernantes la oportunidad de sustituir por el suyo propio el poder de la iglesia romana. Han visto la luz diversas teorías que explican el surgimiento del absolutismo en la Europa renacentista. Parece evidente que los nuevos medios de guerra - armas de fuego y tácticas de ataque y defensa muy elaborada - requerían la constitución de ejércitos profesionales y permanentes, con la consiguiente inversión de unos medios económicos que la nobleza feudal no estaba en condiciones de aportar. El incremento del comercio y las comunicaciones resultó decisivo para la consolidación de grandes estados nacionales como Francia, España e Inglaterra, que desde un primer momento estuvieron estrechamente ligados a las monarquías reinantes. Se produjo así un proceso de anulación de los privilegios locales y regionales, y la transferencia de sus jurisdicciones y poderes a las instituciones encabezadas por el monarca. Para poner orden en la fragmentada sociedad medieval, los gobernantes de los nuevos estados necesitaban centralizar todos los poderes. Con tal objeto se desarrolló una burocracia. Causas religiosas del absolutismo.- a) El recuerdo de las guerras de religión está todavía vivo. No cabe duda de que en una y otra parte se lanzan violentos ataques contra el absolutismo; pero, en definitiva, el absolutismo sale reforzado de ellos. En los países desgarrados por la guerra la mayoría de la población sólo aspira a la paz, contando con el monarca para garantizarla. b) Tanto en Inglaterra como en Francia se manifiesta un sentimiento común de independencia respecto al Papado. Mientras que Inglaterra permanece fiel al anglicanismo, el galicanismo es la doctrina oficial de la Monarquía de los Parlamentos y de los obispos de Francia. La declaración de 1682 significa a este respecto el remate de una larga evolución. El triunfo del galicanismo frente a las teorías ultramontanas libera a la Monarquía de todo sentimiento de obediencia respecto a Roma. Anglicanismo y galicanismo caminan en la dirección del absolutismo. Causas políticas.- a) Los Movimientos revolucionarios contribuyen a reforzar el Poder, a hacer sentir la necesidad de orden y de la paz no sólo en los círculos gobernantes, sino en los medios populares. La dictadura de Cromwell sigue a la revolución de 1649, y el absolutismo de Luis XIV está profundamente marcado por el recuerdo de la Fronda. El tema de la paz civi domina el pensamiento político del siglo XVII, en especial el de Hobbes. b) Las guerras, sin embargo, se suceden a lo largo del siglo, exigiendo una concentración y un reforzamiento del Poder. En lo inmediato consolidan el absolutismo, pero a la larga contribuyen a destruirlo. De esta forma el peligro exterior favoreció, sin duda, el absolutismo de Richelieu; pero las guerras de finales de siglo precipitaron el ocaso del absolutismo francés y el nacimiento del liberalismo europeo. Supervivencias feudales y particularismos locales En Francia, desde Luis XI; en Inglaterra, a partir de los dos primeros Tudor, y en la España de Fernando e Isabel, la autoridad del rey no cesa de afirmarse. El impuesto permanente, el ejército permanente y la multiplicación de los funcionarios reales dan forma a un Gobierno central y a una Administración provincial que controlan a las autoridades locales o las substituyen. A estos rasgos corresponden una adhesión o una resignación por parte de los súbditos. Esta modernización no rebasa ciertos límites; a pesar de sus tendencias autoritarias y centralizadoras, los Gobiernos han de tener en cuenta numerosos particularismos y han de respetar, en la forma y a veces en el fondo, las franquicias de las colectividades urbanas o provinciales. El absolutismo monarquico La corriente favorable al absolutismo monárquico es más facil de seguir, a pesar de la diversidad de sus aspectos. Se trata, en primer lugar, de la aceptación tradicional y, por así decirlo, natural de la autoridad existente, de la obediencia enseñada desde hace siglos por la Iglesia; numerosos autores laicos y eclesiásticos repiten incansablemente la necesidad de esa aceptación, ocupando este tema un lugar predominante en la literatura política inglesa de la primera mitad del siglo XVI. Francia gozó después de la guerra de los Cien Años de una mayor estabilidad política. La monarquía tenía un prestigio casi místico, el del rey taumaturgo, ungido de la Sainte Ampoule y que cura las escrófulas. Sobre este fondo de creencias populares, algunos panegiristas bordan, en provecho de grupos sociales más restringidos, variaciones de alcance principalmente literario: simbología de las flores de lis, leyenda troyana destinada a exaltar la línea real y que será más tarde ilustrada laboriosamente por la Franciade de Ronsard. Cabe considerarlas como una trasposición, en otros registros, del pensamiento de los doctores y licenciados in utroque iure que pulen a placer definiciones y comentarios sobre el poder real, sin gran originalidad por lo demás, ya que todos beben en las mismas fuentes clásicas del derecho romano (cuyas sentencias la Edad Media no ha bía ignorado), incluso cuando concuerdan poco con la realidad política del momento. El rey es emperador en su reino; aunque esta frase también se utiliza en Inglaterra, en Francia, donde la tradición de los legistas posee mucho vigor, se la acompaña con desarrollo de mayor profundidad. Factores decisivos Los inicios de la Edad Moderna coinciden con la creciente consolidación de los Estados nacionales. La poliarquía medieval resulta paulatinamente reemplazada por comunidades centralizadas en las que los interses nacionales prevalecen sobre las particularidades locales. El Rey ya no es un primus inter pares. Se presenta ahora como cabeza de un estdo nacional con límites territoriales cada vez más precisos. Surge la noción jurídica de "frontera", desaparecen los llamados "espacios vacios" y comienza a desarrollarse una verdadera cartografía terrestre. Las casas reinantes comienzan a requerir un número creciente de colaboradores que integran las primeras burocracias estatales. En el siglo XV los estados italianos crean, con carácter estble, la diplomacia. A partir del siglo XVI las monarquías europeas establecen embajadas estables que frecuentemente son asignadas a la alta nobleza. Este proceso de centralización se cumple bajo el signo del absolutismo. El desconocimiento de la autoridad religiosa del sucesor de Pedro, el Romano Pontífice, mueve a reyes y príncipes a asumir atribuciones religiosas. Los límites derivdos de la distinción entre lo que es de Dios y lo que pertenece al César comienzan a esfumarse, generando abusos y despotismo. Tales tendencias son manifiestas en la primera etapa del protestantismo. Pero también en monarquías católicas como las de Francia y España aparecen corrientes que llevan en embrión desviaciones cesaropapistas. El Concordarto de Bolonia (1516) otorga a los reyes de Francia el derecho de "presentación" de obispos y abades. Y en España los Reyes Católicos y luego Carlos V obtienen el reconocimiento del Real Patronato. El aumento del poder real -observa Vázquez de Prada-, que venía a significar mayor eficacia del Estado, se hizo a costa de la nobleza. Sus miembros, al disminuir sus prerrogativas locales, optaron frecuentemente por incorporarse a los cargos y oficios reales de la Corte. En los cargos administrativos fueron designados a menudo hombres egresados de las universidades que pertenecían a los estratos burgueses. El pueblo llano, por su parte, no opuso dificultades al avance de la autoridad real, y poco a poco los monarcas quedaron como árbitros entre los distintos cuerpos sociales. Otros factores contribuyen a consolidar el poder absoluto de los reyes: el comercio internacional, la expansión de las monarquías europeas hacia América, Africa y Asia y las nuevas técnicas de guerra, fundadas en el empleo de la pólvora que torna vulnerables a las hasta entonces inexpugnables castillos de los señores feudales. Pero de mayor importancia son los factores ideológicos: la obediencia pasiva predicada por algunos reformadores, el amoralismo de los discípulos de Maquiavelo y las doctrinas francesas que tienden a afirmar el poder real para superar las divisisones derivadas de las guerras de religión. Por lo demás, desde los siglos XIV y XV, se incubaba un ruptura de la síntesis elaborada por Alberto Magno, Tomás de Aquino y sus discípulos. Las últimas fases de la filosofía del Medioevo -apunta Bidart Campos- habían disociado dos ámbitos que hasta entonces estaban íntimamente vinculados: el de la filosofía y el de la teología, la razón de la fe, la naturaleza y la gracia. En lo específicamente político esa ruptura impulsará a prescindir de los límites éticos que deben observar gobernantes y gobernados, estableciéndose de esta forma las bases de los totalitarismos contemporáneos. Protagonistas Claude de Seyssel y la monarquía moderada Esta realidad se percibe muy bien en La Grand´ Monarchie de France (1519), obra en la que Claude de Seyssel expresa su preferencias por una monarquía moderada. Seyssel (1450-1520), que escribe en su retiro tras una brillante carrera administrativa, diplomática y episcopal al servicio de Francia - y especialmente de Luis XII -, no es en absoluto un teórico abstracto. Sin disimular los incovenientes que en principio puede comportar la monarquía, cree que el régimen al que ha servido, tal y como él lo describe, es el mejor posible: mezcla de monarquía, aristocracia y democracia. El poder real está "refrenado por tres frenos": las obligaciones de conciencia del rey y el carácter cristiano de la monarquía, los Paralmentos y "las buenas leyes y ordenanzas y costumbres que están establecidas de tal manera que casi no pueden romperse ni aniquilarse". Su análisis de la constitución consuetudinaria del reino - que considera como ideal -, es significativa po sus mismas ambigüedades. No proporciona una delimitación precisa, ni de los poderes del rey, ni de los derechos de los Parlamentos (practicamente no se plantea el tema de los Estados Generales). El rey no puede cambiar la Ley Sálica; por consiguiente, tiene conciencia de las leyes fundamentales del reino, pero éstas no son definidas. Seyssel, aunque rechaza el término de absolutismo (para él , equivalente al de tiranía), sólo erige, sin embargo, frente a la voluntad real, obstáculos "que se pueden doblegar". Seyssel defiende una concepción aristocrática y tradicional, contradicha y sobrepasada muy ponto por las teorías absolutistas de los legistas si se toman las fórmulas al pie de la letra. La diferencia entre la monarquía moderada y la monarquía absoluta, considerable en el terreno conceptual, se reduce en la práctica. Si los frenos elogiados por Seyssel pierden su eficacia la responsabilidad del hecho no incumbe a la difusión de esquemas jurídicos absolutistas. Eminentes jurisconsultos sostienen todavía, hacia la mitad del siglo, que el poder real es "más moderado que absoluto". Lo importante es que la balanza de las fuerzas se inclina del lado de la autoridad real. Las doctrinas se modelan, con entusiasmo o con reticencias, en esa dirección. Sin embargo, donde el fenómeno encuentra una expresión intelectual más notable y original es en Italia. Maquiavelo, Nicolás La experiencia de la vida pública de la Florencia renacentista permitió a Nicolás Maquiavelo desarrollar un teoría política realista y pragmática cuya característica más destacada fue la separación de la moral de los individuos y la del estado. Nicolás Maquiavelo, nombre castellanizado de Niccoló Machiavelli, nació en Florencia, Italia, el 3 de mayo de 1469. Es poco lo que se conoce acerca de los primeros años de su vida. Parece que recibió una aceptable formación humanística, si bien no llegó a aprender el griego, uno de los elementos fundamentales de la educación de la época. En 1498, tras los cambios sobrevenidos em Florencia después de la ejecución de Savonarola, el monje que intentó imponer ascéticas formas de gobierno y religión, Maquiavelo fue promovido a un importante puesto, jefe de la segunda cancillería, a la temprana edad de 29 años. Inicialmente su función estaba referida a los asuntos internos de la república, pero después fue nombrado secretario del consejo ejecutivo de la ciudad (los Diez). La primera misión importante de Maquiavelo fue la llevada a cabo el año 1500 ante la corte de Francia. A su vuelta desempeño otras tareas diplomáticas. Testigo de las duras acciones llevadas a cabo por César Borgia contra sus enemigos de la ciudad de Sinigaglia, se convirtió en admirador y amigo de aquél, creyendo que sus cualidades serían la solución para porner fin al desorden reinante en los estados italianos. Muerto el papa Alejandro VI, padre de César Borgia, ymuy poco después su sucesor, fue elegido Julio II, implacable enemigo de la familia Borgia. Entonces se produjo la caída de éste, y Maquiavelo, su antiguo admirador, celebró su prisión. Elegido Piero Soderini gonfalonier (primer magistrado) de Florencia, Maquiavelo se convirtió en su mano derecha, inspirando la creación de una milicia y la división del territorio en distritos, bajo su propia supervisión. Las luchas de Florencia contra los estados vecinos llegaron a su momento más crítico cuando la Santa Liga, dirigida por el papa, marchó sobre la república. Soderini fue sustituido y Maquiavelo perdió supuesto. En 1513, acusado de conspiración, fue encarcelado y sometido a tormento. Libre poco después, pero reducido a la pobreza, Maquiavelo se retiró con su familia a una pequeña propiedad cercana a la ciudad. Fue allí donde escribió su obra más famosa, Il principe (1513), dirigida a "liberar a Italia de manos de los bárbaros", en la que expuso su teoría política. Según Maquiavelo, el príncipe ideal debía establecer un poder absoluto capaz de acabar con la corrupción política y las disensiones internas del estado, y para ello recomendaba todos los medios, incluso la mentira y la violencia. En la práctica política posterior, el maquiavelismo se asoció a la falta de todo principio moral en la actuación del estado. Se ha dicho que uno de los modelos que pudo considerar Maquiavelo para conformar su teoría, aparte del ya citado César Borgia, fue el rey españor Fernando el Católico. Maquievelo murió en Florencia el 21 de junio de 1527. Además de sus obras políticas, fue autor de una notable comedia titulada La mandragola (1524; La mandrágora). Un Patriota Italiano.- Las ideas de Maquiavelo han suscitado, desde el siglo XVI hasta nuestros días. Maquiavelo, patriota italiano, no deja de envidiar la solidez de los Estados nacionales como Francia o España, a pesar de que descubre en ellos barbarie feudal. Pero en la Italia anárquica, que soporta el peso de sus divisiones, agravadas por la nefasta presencia de la Santa Sede y las intervenciones extranjeras, el problema político se muestra, por el contrario de difícil solución. Para elevarse el príncipe deberá ser "un hombre hábil o bien protegido por la fortuna". Elegirá con cuidado a sus consejeros y evitará el cederles la menor parcela de autoridad; se dedicará tan sólo a defender y extender su poder por todos los medios, incluso el crimen si es necesario: "Vale más ser temido que ser amado". Pero el príncipe debe cuidar su reputación; su fortaleza mayor es la adhesión de su pueblo. La hipocresía se convierte para el príncipe en un deber. Si logra conservar su vida y su Estado, "todos los medios que haya aplicado serán juzgados honorables". Al proponer como modelo a César Borgia, Maquiavelo permanece dentro de la lógica de su concepción, pero subraya involuntariamente la fragilidad de sus aforismos. Exagera, sin duda, la grandeza de propósitos que atribuye al hijo del papa Alejandro VI; por otra parte, el papel que concede en la Historia a la fortuna le sirve de explicación un poco fácil del fracaso final, rápido y total de su héroe. Un Admirador de la República Romana.- Disipada esta quimera, Maquiavelo vuelve a sus reflexiones de republicano fiorentino, en los márgenes de Tito Livio. Sigue a Aristóteles, y, sobre todo, a Polibio. "El príncipe, los grandes y el pueblo gobiernan conjuntamente el Estado". Insiste en la importancia del pacto constitucional, pero apenas trata de los derechos de los ciudadanos aunque sí lo suficiente como para condenar a César: la Roma que exlata es la Roma republicana. El régimen civil, según Maquiavelo, es incompatible con la existencia de una nobleza feudal. Toda su teoría republicana, de inspiración romana, apenas puede encontrar, por consiguiente, campo de aplicación en un momento en el que el municipio y la república urbana libre agonizan en Italia. Secularización y exaltación del Estado.- Aunque la idea del Estado ocupa el centro de su pensamiento no llega a formular su teoría. El Estado, para él, es un dato, un ser al que no pretende explicar como filósofo. Tampoco siente Maquiavelo la necesidad de legitimar la subordinación del individuo al Estado. Su República tiene exigencias tan autoritarias como la tiranía del príncipe. La política es un arte racional. Maquiavelo detesta y desprecia el gobierno de los sacerdotes, y es también adversario del poder temporal de la Santa Sede. No contento con laicizar el Estado, querría subordinarle por completo la religión, a la que concibe como instrumento de poder y elemento de cohesión social. El fondo mismo de su pensamiento político conduce a Maquiavelo a una posición, más que antirreligiosa, anticristiana. Esta secularización y exaltación del Estado acarrean numerosas consecuencias: hostilidad contra el Imperio y contra todo lo que puede recordar el universalismo cristiano; desconfianza y desprecio hacia las aristocracias nobiliarias de origen feudal; concepción particularmente "realista" de las relaciones entre los Estados. El Estado tiene como tendencia natural a extenderse. En estas condiciones se comprende la importancia primordial de la organización militar dentro de un Estado. El lugar de Maquiavelo en el pensamiento político de su tiempo.- "Hay que agradecer a Maquiavelo y a los escritores de este género - escribió Francis Bacon - el que digan abiertamente y sin disimulo lo que los hombres acostumbran a hacer, no lo que deben hacer". Maquiavelo expulsa de la política toda metafísica y corta de una manera radical, el vínculo entre la ciudad de Dios y la ciudad de los hombres. Lutero, Martín Como iniciador de la Reforma religiosa del siglo XVI y por tanto del protestantismo, Martín Lutero es una de las figuras clave de la civilización occidental y de la cristiandad. Nació Lutero - cuyo nombre en alemás era Martin Luther - el 10 de noviembre de 1483 en Eislebe, Sajonia-Turingia, Alemania, hijo de un minero que prosperó y llegó a ser consejero en la pequeña ciudad de Mansfeld. Lutero creció en ésta en un ambiente piadoso y de estricta disciplina. Tras estudiar en Magdeburgo y Eisenach ingresó en la Universidad de Erfurt, donde se graduó como bachiller en artes en 1505. Decidió entonces seguir la vida religiosa y solicitó su admisión en los agustinos de Erfurt. Este carece de experiencia personal de los problemas políticos, los descubre a través del Evangelio y de San Pablo, en un perspectiva puramente religiosa. En los años de su "conversión" - es decir, antes del asunto de las indulgencias (1517) - plantea dos temas que seguirán siendo fundamentales a lo largo de toda su predicación: el carácter divino de toda autoridad establecida y la separación radical entre la Fe y la Ley. Lleva hasta el último extremo el precepto cristiano, más matizado en otros doctores, que ordena una sumisión incondicional a la autoridad, debido a que ésta tiene un origen y una misión divinas. Pero la ciudad de Dios no puede realizarse en la Tierra: "El mundo de la ley es, por completo, el mundo del pecado". Las consecuencias políticas de este corte total entre lo temporal y lo espiritual no son sencillas, ya que cada hombre se encuentra comprometido a la vez en ambos órdenes en el de la sujeción y en el de la libertad. Lutero decidió poner por escrito sus opiniones y redactó en 1520 tres célebres tratados que supusieron la base del luteranismo y el inicio de la Reforma. En ellas afirmaba la salvación del hombre sólo por la fe. En 1521 fue excomulgado. En 1525 contrae matrimonio. En la segunda dieta de Speyer, en 1529, se aprobó un decreto por el que los estados católicos actuaban duramente contra Lutero y sus seguidores; éstos elevaron una protesta, y surgió así la denominación de protestantes. Extendido el protestantismo, pronto comenzaron a hacerse notar diferencias entre sus seguidores. Lutero falleció en su ciudad natal, Eisleben, el 8 de febrero de 1546. Tras su muerte se agudizaron las disensiones no sólo entre las iglesias protestantes sino en el seno del propio luteranismo, pero su figura permaneció siempre como la del gran inspirador de la Reforma. Calvino, Juan Entre los grandes del naciente protestantismo del siglo XVI, Juan Calvino descolló por sus singulares dotes pata la organización política y eclesiástica, y su influencia fue decisiva para la difusión de la nueva fe en Europa, el norte de América y otras regiones del mundo. Calvino, cuyo nombre francés era Jean Cauvin o Calvin, nació en Noyon, localidad de la Picardía, en el norte de Francia, el 10 de julio de 1509. Hijo del secretario del obispado de su ciudad natal cursó estudios de humanidades en famosos colegios parisienses y más tarde leyes en las universidades de Orleans y Brujas, donde tuvo como maestros a importantes pensadores de la época. En 1532, Calvino evidenció sus sólidos conocimientos de latín e historia con su edición del tratado de Sénea De clementia (Sobre la clemencia). Poco después de publicar esta obra, Calvino se convirtió al protestantismo, pero cuando el grupo de teólogos reformadores al que pertenecía fue ilegalizado en Francia, abandonó París. A principios de 1535 se instaló en Basilea, Suiza, allí apareció al año siguiente su obra fundamental, Christianae religionis institutio (Instituciones de la religión cristiana). Se trataba de un brillante resumen de las doctrinas protestantes, donde, entre otras cosas, postulaba la predestinación de los elegidos, rechazaba los sacramentos tal como los entendía el catolicismo y esbozaba un nuevo esquema de organización para la nueva forma del cristianismo. Con esta obra, traducida al francés en 1541, Calvino se convirtió en uno de los principales teólogos protestantes. Todavía en 1536, tras un breve viaje a Italia - donde mostró su talento político para atraer el apoyo de los poderosos hacia el protestantismo -, al pasar por Ginebra fue invitado a permanecer en ella. Calvino permaneció allí dos años, pero elaboró un código litúrgico y moral tan severo que fue expulsado por el consejo ginebrino. Desde 1538 hasta 1541 residió en Estrsburgo, donde creó una nueva liturgia y asentó nuevas instituciones parroquiales, al tiempo que dirigía personalmente una congregación. Conoció a importantes teólogos luteranos como Melanchton y Martín Lutero. No menos hostil que Lutero respecto a los "fantásticos" que pretenden liberar al cristiano del orden político tradicional, Calvino tiene el mérito de oponerles una construcción más racional y, por ello, más universalmente eficaz que la Obrigkeitstaat luterana. Durante los años siguientes, tras eliminar a todos sus opositores - sin dudar en ejecutarlos cuando lo considera preciso -. A partir de 1550 se dedicó sobre todo a apoyar a otros grupos protestantes afines a sus tesis y a proporcionar coherencia a su doctrina. Juan Calvino murió en Ginebra el 27 de mayo de 1564, lo que no impidió la continua expansión de las iglesias reformadas. Bodin, Jean Nace en Angers en 1530. Su vida está cargada de extraños matices. En un siglo en el que la posición religiosa tiene implicancias políticas, no resulta nítida su militancia confesional. Algunos le atribuyen ascendencia israelita. Habría profesado como carmelita, siendo después eximido de sus votos por haberlos formulado a edad muy temprana. Se cuestionó, también, su catolicismo, y se le consideró un hugonote disimulado. Lo cierto es que Bodin fue un jurista que integró el núcleo de los políticos, liderados por el Canciller Michel L´ Hopital. Ante las sangrientas guerras de religión, que amenezaban con destruir el reino de Francia, este grupo auspició una política de tolerancia procurando afirmar la autoridad real por encima de las discrepancias confesionales. La filosofía política de Bodin -afirma George H. Sabine- es una mezcla singular de cosas viejas y nuevas... una amalgama de superstición, racionalismo, misticismo, utilitarismo y tradicionalismo. Para Marcel Prelot, empero, es un autor original. Considera que es difícil situarlo porque no siendo maquiavélico, aristotélico, tomista o utópico, sus teorías tienen, sin embargo, un poco de estas corrientes de pensamiento. Hobbes, Thomas Jean Bodin es la gran fgura del absolutismo en el siglo XVI. En el siglo XVII es Thomas Hobbes quien lleva dicha corriente de pensamiento hasta sus últimas consecuencias. La defensa realizada por Thomas Hobbers de la monarquía autoritaria en su célebre Leviathan basada en sus concepciones acerca de la naturaleza humana que hicieron de él el primer gran empirista británico. Hobbes nació en Westport (actual Malmesbury), Wilshire, Inglaterra, el 5 de abril de 1588. Era hijo de un vicario y, tras estudiar en Oxford, fue designado preceptor del hijo de Lord Cavenedish, segundo conde de Devonshire, a quien acompañó en su viaje por Francia e Italia. Posteriormente, siempre como tutor, pasó largas temporadas en Europa continental y conoció personalmente a Galileo, que ejercería gran influencia en su obra. En 1629 vuelve a París donde estudia las ciencias de la naturaleza y las matemáticas. Hacia 1637, encontrándose ya en Inglaterra concibe la idea de exponer sus doctrinas a través de un triple tratado que sintetice sus teorías filosóficas y políticas. Hobbes redactó The Elements of Law, Natural and Politic (Elementos de la ley natural y política), obra que circulaba ya en manuscrito en 1640. En ella postulaba un filosofía natural basada en un materialismo mecanicista, según el cual los únicos objetos de la filosofía, que ha de seguir el método geométrico, son la materia y el movimiento, cuyas combinaciones matemáticas originan todas las cosas. La conciencia no sería sino el movimiento nervioso, y la política el estudio de los contactos entre los cuerpos nerviosos, es decir, los hombres. Sobre estas bases sentaría su defensa el absolutismo monárquico. Por lo que respecta a la teología, Hobbes la excluía del campo de la filosofía, pues aun cuando consideraba que las leyes naturales respondían a los mandatos divinos, nada era posible conocer racionalmente acerca de Dios. La vida de Hobbes fue sacudida por los acontecimientos políticos ocurridos en Inglaterra a lo largo del siglo XVII. Partidario de los Estuardo, se refugia en Francia cuando en 1640 Carlos I convoca el Parlamento Largo. En 1650 se publican dos fragmentos de su autoría bajo los títulos Human Nature y De Corpore Politico. Su obra más conocida, Leviathan, or the Matter, Form and Power of a Commonwealth, Ecclesiastical and Civil (1651; Leviatán, o la materia, la forma y el poder de un estado eclesiástico y civil). Sus ideas disgustaron a los partidarios de la corriente absolutista de derecho divino. Según Hobbes, la primera ley natural del hombre es la autoconservación, que lo induce a imponerse sobre los demás: "El hombre es un lobo para el hombre". Para construir una sociedad, todo ser humano ha de renunciar a parte de sus deseos y establecer un "contrato social", cuyo garante es la soberanía. Para que ésta sea efectiva ha de recaer en un sola persona, y de ahí la conveniencia de la monarquía absoluta. Es de hacer notar, de cualquier forma, que, a diferencia de autores anteriores, para Hobbes la soberanía del rey no residía en el derecho divino, sino en el mantenimiento del contrato que le había dado tal soberanía. En 1651 Hobbes regresó a Inglaterra y publicó De corpore (1655) y De homine (1658), que ampliaban sus teorías físicas y psicológicas, Tras la restauración de 1660 gozó del favor real, pero ante las acusaciones de ateísmo lanzadas sobre él por los estamentos eclesiásticos preferió no intervenir en la vida pública. En Hobbes prevalece un absolutismo diferente. Jacques Chevalier señala que se obra inspira en concepciones mecanicistas y en ideas sensualistas, materialistas y utilitaristas. Ello motivó que en los últimos años de su vida, a partir de la restauración de los Estuardo, se viera envuelto en interminables polémicas, especialmente con el Canciller Hyde, conde de Clarendon, y con los obispos anglicanos, que lo acusaban de ateísmo, herejía y blasfemia. Thomas Hobbes murió a los 91 años en Hardwich Hall, Derbyshire, el 4 de diciembre de 1679. Su influencia sobre el empirismo fue grande y, curiosamente, sus tesis sobre el contrato social serían reinterpretadas por pensadores como Jean-Jacques Rousseau para desacreditar las concepciones monárquicas que el pensador británcio quiso defender. Bossuet Nace Jacques-Bénigne Bossuet en Dijón, el 27 de septiembre de 1627. Canónigo de Metz, Obispo de Condon y después de Meaux, preceptor de Delfín, célebre orador y apologista, Bosseut es una de las figuras más importantes del largo reinado de Luis XIV. Polemiza con protestantes, jansenistas y quietistas. Se inclina en la polémica entre el Rey de Francia y el papa Inocencio XI hacia el galicanismo. Bossuet, además, sostiene la heterodoxa teoría según la cual el concilio general tiene supremacía con relación al Papa. En la referida Declaración se sostiene que "la Santa Sede Apostólica debe respetar las reglas, las costumbres y las constituciones concedidas al reino y a la Iglesia galicana" (francesa). A diferencia de Hobbes, su punto de partida es aristotélico. En el Libro Primero de La Política sostiene como el estagirita que el hombre está hecho para vivir en sociedad. Su punto de llegada, empero, será absolutista, como el del autor del Leviathan. Pero el absolutismo del preceptor del Delfín presenta características distintas. Aun cuando teóricamente considera aceptables todas las formas de gobierno establecidas, se inclina Bossuet claramente por la monarquía. Para él la monarquía es sagrada. Bossuet afirma efáticamente que la monarquía es absoluta. Frente al Rey, aunque sea un gobernante injusto o pagano, los súbditos deben obedecer. No hay en Bossuet lugar para la jus resistendi de los escolásticos. Sólo podría desobedecerse al Príncipe cuando este ordenara algo contra Dios. A pesar de su absolutismo, Bossuet no auspicia en modo alguno el ejercicio de un gobierno arbitrario. El príncipe debe sujetarse a los mandatos de la justicia, la equidad y el derecho natural. Pero esta sumisión a tales ordenamientos heterónomos no supone que quede sujeto a ninguna potestad humana. Bossuet propone una monarquía paternal cuyo titular actúe limitado y condicionado por el único "contrapeso verdadero del poder": el temor de Dios. Para Bossuet como para Hobbes -comenta Jean Touchard-. la última palabra de la política es la sumisión al poder; pero llegan a esta conclusión común por caminos opuestos: individualismo laico y utilitarismo en Hobbes, respeto por la tradición y abandono a la Providencia en Bossuet. El absolutismo de Hobbes y el de Bossuet son, por consiguiente, diferentes. Bossuet piensa en un rey absoluto, pero embebido del espíritu cristiano de justicia y de rectitud. Lo equivocado radica en suponer que el monarca absoluto es el que mejor puede llevar a cabo un gobierno justo". EL ESTADO Para referirse al Estado Bodin utiliza el vocablo República. La define como recto gobierno de varias familias y de lo que les es común, con potestad soberana. Otro aspecto importante es la afirmación de que las familias y lo que les es común (los patrimonios) son anteriores al Estado. En su extensa obra Bodin refuta el utopismo colectivista, y toda forma de comunismo, y se empeña en preservar a la familia y al derecho de propiedad de cualquier desborde autoritario. Este enfoque sugiere desde el comienzo la serie de graves contradicciones que encierran su pensamiento. En efecto, no obstante tratarse de un precursor y un propulsor del absolutismo monárquico, plantea desde las primeas páginas de su libro limitaciones que no se condicen con esa visión del poder político. Sin perjuicio de señalar la confusión que se advierte entre Estado y gobierno, la definición de Bodin suscita varios comentarios. En primer lugar, destacamos que Bodin se refiere en su tratado a las Repúblicas rectamente gobernadas. Se aparta así del plano de los hechos, por el que se inclinaba Maquiavelo, para referirse exclusivamente a formas de Estados legítimas. La soberanía Los textos referidos a la potestad soberana que debiera regir en toda República son los que reflejan con mayor claridad la tendencia absolutista de Bodin. Define a la soberanía como summa in cives ac subditos legibusque soluta potestas (poder supremo sobre los ciudadanos y súbditos, no sometido a leyes). En la versión francesa la soberanía aparece definida como puissance absolue et perpetuélle d´ une république (potestad absoluta y perpetua de una república). Pero no todo aquel que ejerce poder es titular de soberanía. Sobre el punto Bodin es categórico: "Si el pueblo otorga su poder a alguien de por vida, en calidad de oficial, o teniente, o bien para descargarse solamente del ejercicio de su autoridad; en ese caso no es en absoluto soberano, sino simple oficial, o teniente, o regente, o gobernador, o guardián y arrendatario de la autoridad ajena". Pero "si el poder absoluto se le entrega pura y simplemente, sin calidad de magistrado, ni de comisario, ni de manera precaria, es por completo evidente que ése es, y se puede llamar monarca soberano: pues el pueblo se ha desprendido y despojado de su poder soberano, para investirlo: y en él, y sobre él se halla transferido todo su poder, autoridad, prerrogativas y soberanías". Esta últia posibilidad, que es la auspiciada por Bodin para Francia, significa abandonar las tesis medievales según las cuales el príncipe es un vicario de la comunidad para optar por una donación irreversible que sirve de sustento al poder absoluto. Para que no queden dudas acerca de lo que debe entenderse por poder absoluto, Bodin expresa: "El pueblo o los señores de una República pueden otorgar puramente y simplemente el poder soberano y perpetuo a alguien para que disponga de los bienes, de las personas, y de todo el estado a su antojo, y entregarlo después a quien le plazca". El absolutismo de Bodin se encuentra definitivamente perfilado en otros textos en lo que expresa que "el monarca queda separado del pueblo"; que "no tiene que rendir cuentas sino a Dios"; que "no puede prestar juramento sino a Dios"; que "el punto principal de la majestad soberana y poder absoluto consiste principalmente en dar leyes a los súbditos en general sin si consentimiento", y que "la soberanía no está limitada ni en poder, cargo ni tiempo determinado". Puesto que el pueblo se ha despojado y privado absolutamente de su poder para transferirlo al soberano, e investido con él, entonces el soberano ya no forma parte del pueblo y del cuerpo político: "queda separado del pueblo", ha sido convertido en un toto, un todo separado y trascendente, que se encarna en su viviente persona soberana, y merced a lo cual el otro todo, el todo inmanente del cuerpo político, es gobernado desde arriba. Cuando Jean Bodin dice que el príncipe soberano es la imagen de Dios, esta frase debe interpretarse con la plenitud de su fuerza, e implica que el soberano -sometido a Dios, pero que no tiene que rendir cuentas sino a El- trasciende el todo político lo mismo que Dios trasciende el Cosmos. Agrega Maritain que en la perpectiva de Bodin soberanía implica el poder supremo separado y trascendente -no en la cúspide (como en el Medioevo), sino por encima de ella ("par dessus tous les sunjects")- que gobierna desde arriba a todo el cuerpo político. Por eso dicho poder es absoluto (ab-soluto, es decir desligado, separado) y consiguientemente ilimitado, tanto en la extensión como duración, y sin tener que rendir cuentas a nadie en la tierra. Los limites A pesar de tan catgóricos textos, Bodin reconoce en otros pasajes de su obra la existencia de límites que deben ser rigurosamente observados por quien ejerciere el poder doberano. Tal contraste pone de manifiesto un contradicción derivada de las influencias asimiladas por el autor de los seis libros de la República. Max Adam Shepard considera que Bodin se encuentra en la encrucijada entre la noción medieval del príncipe sometido a la ley y la noción moderna (absolutista) del príncipe liberado de cualquier ley sobre la tierra. La primera conduce al constitucionalismo de Locke y Montesquieu. La segunda, a través de Hobbes, al totalitarismo. En Bodin la coontradicción no aparece resuelta. En el esquema de Bodin -afirma Prelot- no hay lugar para el derecho de rebelión. Los súbditos deben obedecer la ley incluso si ésta les parece injusta. Varios son los límites que marca Bodin. Figuran entre ellos: -1- la ley divina; -2- la ley natural; -3- los pactos celebrados con los súbditos; -4- las leyes fundamentales del Reino. También el derecho de propiedad constituye una importante limitación. Las formas de gobierno Bodin se manifiesta adverso a toda forma mixta de gobierno.Se inclina por vincular las tres formas clásicas con su concepto de soberanía: "no hay más que tres Estados o clases de República: la monarquía, la aristocracia y la democracia. El Estado de naturaleza Hobbes toma como punto de su teoría política la supuesta existencia de una etapa presocial en la que el hombre es un lobo para el hombre: Homo hominis lupus. El pesimismo antropológico de Hobbes, conforme surge del texto transcripto, es total. Considera que el hombre es un ser intrínsecamente corrompido, un egoísta que busca la satisfacción de sus impulsos sin sujeción a ninguna norma trascendente. Observamos así un abandono sin tapujos de la tradición medieval, de San Agustín, Santo Tomás y la neoclásica. El derecho natural, en la versión de Hobbes constituye una verdadera adulteración. Derecho natural: "la libertad que cada hombre tiene que usar su propio poder como quiera, para la conservación de su propia naturaleza". Sobre la base de esa autonomía plena, Hobbes estima que en el estado de naturaleza "cada hombre tiene derecho a hacer cualquier cosa, incluso en el cuerpo de los demás". Así queda explicado, en el enfoque de este autor, el estado de guerra de todos contra todos en el que se vive antes de constituir el estado. "Todos los hombres tienen derecho a todas las cosas y, por tanto, donde no hay Estado nada es injusto". Origen del estado Los hombres abandonan la vida presocial en busca de la seguridad. El impulso que motiva al hombre al tránsito hacia la vida comunitaria -según Hobbes- es el cuidado de la propia conversación. Para llegar a esa meta será menester constituir un "poder visible" que "tenga a raya" a los hombres sujetándolos mediante el "temor al castigo". A fin de preservar la seguridad individual los hombres convienen en celebrar un contrato. Es éste muy distinto al pacto de sujeción de la Edad Media. Se trata ahora de un único convenio multilateral para fundar el Estado y crear un Poder supremo. "El acuerdo de los hombres es sólo por contrato, es artificial. Para lograr que su Acuerdo sea constante y duradero se necesita un Poder Común capaz de librarlos del temor y de dirigir sus actos en pro del Beneficio Común". "La úncia manera de erigir ese Poder Común, para defenderlos de una invasión de Extranjeros y de las injusticias de uno y otro, y por consiguiente darles la seguridad necesaria para que puedan alimentarse de su propia industria y de los frutos de la tierra y vivir contenyos, es confiriendo todo su poder y fuerza a un Hombre, o a una Asamblea de hombres, que pueda reducir todas sus Voluntades, por pluralidad de votos, en una sola Voluntad: lo cual quiere decir, designar un Hombre o una Asamblea de hombres para que encarne a sus personas; es una verdadera Unidad de todos ellos en un sola Persona". "Yo autorizo y cedo mi Derecho de gobernarme a este Hombre, o a esta Asamblea de Hombres, con esta condición: que tu le cedas también tu Derecho y que autorices todas sus acciones de la misma manera". Hecho esto, la Multitud, unida en una persona, se llama República, en latín civitas. Así se genera el gran LEVIATHAN, o mejor (para hablar con mayor reverencia) el Dios Mortal al cual debemos, bajo el Dios Inmortal, nuestra paz y defensa. En él consiste la Esencia de la República; la cual es Una Persona que actúa como una gran multitud, merced al Contrato natural de todos ellos, con lo cual lo han convertido en el Autor, a fin de que emplee la fuerza y los medios de todos ellos, como juzgue pertinente para su Paz y Defensa Comunes". "Y esta Persona es llamado SOBERANO, y se dice de ella que tiene PODER SOBERANO: y quienes son súbditos suyos". El Leviathan El titular del poder soberano: el Leviathan. Este ser tiene un poder absoluto. No hay en este esquema para límites como los concebidos por Bodin, El Estado, luego de constituido, pasa a ser la úncia fuente de orden jurídico. Aquí nos encontramos con el más radical positivismo jurídico. La doctrina de Hobbes contribuye a poner en relieve la pendiente hacia el absolutismo promovida por los primeros impulsores del protestantismo. La oposición de Hobbes al Pontífice Romano es total, pero la potestad religiosa no queda vacante, la asume el nuevo Leviathan. Hobbes es un precursor del totalitarismo contemporáneo. Diseña un sistema de ideas que sirve de sustento al m completo absolutismo. No hay espacio en su sistema para la libertad religiosa. Tampoco para la afirmación de otros derechos o libertades que deriven de la ley natural. Sólo lo que aparezca consagradi en la ley positiva tiene para Hobbes verdadero imperio. Su enfoque es así marcadamente relativista. Es menester ceñirse a lo que exprese el Leviathan. Los derecho individuales, sólo tendrán vigencia en tanto sean expresamente reconocidos en el ordenamiento positivo. El Estado tiene una única obligación: preservar la seguridad, ejercer de modo efectivo la autoridad. Jorge García Venturini, en su obra Politea, coincide con Jacques Maritain al considerar que "el dios mortal hobbesiano"es el antecedente directo del estado totalitario hegeliano. Conclusión E Absolutismo Ir a la navegaciónIr a la búsqueda Para otros usos de este término, véase Absolutismo (desambiguación). Luis XIV de Francia, el comienzo del absolutismo pleno. Fernando VII de España, el final del absolutismo en España. Nicolás II de Rusia, el último monarca absoluto de Europa (el término utilizado para la definición del régimen zarista es autocracia). Absolutismo es la denominación de un régimen político, una parte de un periodo histórico, una ideología y una forma de gobierno o de Estado (el 'estado absoluto'), propios del llamado Antiguo Régimen, y caracterizados por la pretensión teórica (con distintos grados de realización en la práctica) de que el poder político del gobernante no estuviera sujeto a ninguna limitación institucional, fuera de la ley divina.1​ Es un poder único desde el punto de vista formal, indivisible, inalienable, intrascendente y liberal. Los actos positivos del ejercicio del poder (legislación, administración y jurisdicción) se apoyaron en la última instancia de decisión, la monarquía. Del monarca emanaban todos los poderes del estado, no estando por encima sino por debajo del mismo;2​ lo que implica la identificación de la persona del rey absoluto con el propio Estado: Status, id est, magistratus (‘Estado, es decir, magistrado’). L'Etat, c'est moi (‘el Estado soy yo’). La frase latina, de origen medieval; la francesa, atribuida a Luis XIV.3​ No debe confundirse con el totalitarismo, concepto propio de la Edad Contemporánea. En el régimen del totalitarismo el poder se concentra en el Estado como organización, siendo que a su vez dicho Estado es dominado y manejado en todos sus aspectos por un partido político; éste a su vez impone a la comunidad una ideología muy definida que penetra en todas las actividades sociales (el arte, las ciencias, la economía, los hábitos de conducta). En el absolutismo no hay un «Estado» propiamente dicho (y menos aún un partido político) sino que el Estado se identifica con un individuo que ejerce autoridad sin necesidad de ideología alguna; de hecho al absolutismo no le interesa imponer su control e influencia sobre todos los aspectos de la vida social sino que le basta fijar una autoridad omnímoda a quien los gobernados sólo deben obedecer y jamás cuestionar. El oscuro origen etimológico del término «absolutismo» incluye (además de su relación con el verbo absolver)4​ la expresión latina princeps legibus solutus est (‘el príncipe no está sujeto por la ley’), original de Ulpiano, que aparece en el Digesto, y que fue utilizado por los juristas al servicio de Felipe IV de Francia «el Hermoso» para fortalecer el poder real en el contexto de la recepción del derecho romano durante la Baja Edad Media. Algo más tarde, el jurisconsulto Balde (Baldo degli Ubaldi, discípulo de Bártolo), usa la expresión poder supremo y absoluto del príncipe en contraposición al poder ordinario de los nobles.5​ La utilización del término se generalizó en todas las monarquías, independientemente de su poder efectivo, como ocurría en la débil monarquía castellana de Enrique IV «el Impotente», cuya cancillería emitía documentos redactados de forma tan pretenciosos como ésta: E yo de mi propio motu é ciencia cierta é poderío real absoluto...6​ Según Bobbio, en términos kantianos, el poder absoluto consiste en que «el soberano del Estado tiene con respecto a sus súbditos solamente derechos y ningún deber (coactivo); el soberano no puede ser sometido a juicio por la violación de una ley que él mismo haya elaborado, ya que está desligado del respeto a la ley popular (populum legis)». Esta definición sería común a todos los iusnaturalistas, como Rousseau o Hobbes.7​ A pesar de que la autoridad del rey está sujeta a la razón, y justificada en último extremo por el bien común, explícitamente se niega la existencia de ningún límite externo ni ningún tipo de cuestión a sus decisiones; de modo similar a como la patria potestad se ejerce por el pater familias (el rey como «padre» de sus «súbditos» —paternalismo—). Tales justificaciones imponen de hecho el carácter ilimitado del ejercicio del poder por el rey: cualquier abuso puede entenderse como una necesidad impuesta por razón de Estado. El absolutismo se caracteriza por la concentración de poderes; no hay ninguna división de poderes como la que definirá la monarquía limitada propia de las revoluciones liberales. El poder legislativo, el poder judicial y el poder ejecutivo son ejercidos por la misma autoridad: el rey como supremo magistrado en todos los ámbitos. Rex, lex (o, en francés le Roi, c'est la loi, a veces expresado como ‘la palabra del rey es la ley’); sus decisiones son sentencias inapelables, y al rey la hacienda y la vida se ha de dar.8​ El poder tiene un carácter divino, tanto en su origen como en su ejercicio por el propio rey, que queda sacralizado. La teoría del derecho divino del poder real (monarquía de derecho divino o absolutismo teológico) nació en el último cuarto del siglo XVI, en el ambiente de las guerras de religión de Francia. Aunque en Europa la divinización del monarca nunca llegó tan lejos como en el despotismo oriental (que identificaba al rey con el mismo Dios), el rey siempre tuvo cierto poder sobre las iglesias nacionales; no sólo en las surgidas de la Reforma protestante, sino en las monarquías católicas, que supeditan en gran medida a la propia Iglesia católica a través del regalismo, aunque las relaciones ente Iglesia y Estado son altamente complejas. Temporalmente, la época del absolutismo es la del Antiguo Régimen, aunque no puedan identificarse totalmente como monarquías absolutas las de finales de la Edad Media y comienzos de la Edad Moderna, para las que la historiografía utiliza el concepto de monarquía autoritaria. El modelo más acabado de absolutismo regio fue el definido en torno a Luis XIV, rey de Francia a finales del siglo XVII y comienzos del siglo XVIII. La Ilustración del siglo XVIII convivió con un absolutismo que fue definido como despotismo ilustrado. El absolutismo sobrevivió a las revoluciones burguesas o revoluciones liberales de finales del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX, hasta que la revolución de 1848 acabó con la Santa Alianza que desde el Congreso de Viena (1814) había impuesto la continuidad de los reyes «legítimos» restaurándolos en sus tronos incluso contra la voluntad de sus propios pueblos («Restauración» del absolutismo). El Imperio ruso mantuvo la autocracia zarista hasta la Revolución de febrero de 1917. Índice 1 Teóricos del absolutismo 2 Evolución del absolutismo 3 Monarquía teocrática 3.1 El manejo de la religión 4 Economía y sociedades 4.1 Interpretaciones historiográficas 5 Instituciones 6 Límites del poder absoluto 7 Proponentes del absolutismo 8 El ejemplo francés 9 Referencias 10 Enlaces externos Teóricos del absolutismo Jean Bodin (1530-1596) sostenía que un rey debía gobernar sin necesidad de ningún consentimiento ajeno.9​ Jacobo Estuardo, rey de Escocia e Inglaterra, consideraba al monarca como lugarteniente de Dios (Verdadera ley de las monarquías libres, 1598). Thomas Hobbes (1588-1679) propuso: las naciones prosperan bajo una Monarquía, no porque tienen un príncipe, sino porque le obedecen (Leviathan). Jacques Bossuet (1627-1704) consideraba que la monarquía era la forma de gobierno más natural, sobre todo si es hereditaria. Era «sagrada» y absoluta. Para él, el rey representa a la Majestad divina: En los reyes… estáis viendo la imagen de Dios (Política sacada de las Sagradas Escrituras).10​ Evolución del absolutismo El absolutismo tuvo un largo proceso de evolución2​ ligado al surgimiento de los Estados modernos. Desde principios del siglo XV hasta la primera mitad del siglo XVI existió una primera fase o período de absolutismo en formación, caracterizada por la tendencia a la concentración progresiva del poder en manos del monarca, aunque todavía existían unas limitaciones muy claras, especialmente el poder religioso. La Iglesia era la rectora de la vida intelectual y moral; pero el papado había salido de su enfrentamiento con el Imperio y del Cisma de Occidente sometido a un gran desprestigio, que (a pesar de, o precisamente a causa de los esfuerzos por evitarlo de los papas renacentistas) explica en buena parte la Reforma Protestante y la reacción de la denominada Contrarreforma católica. Incluso el naciente capitalismo comercial se veía sometido a limitaciones éticas en torno a la legitimidad del préstamo con interés (pecado de usura) interiorizadas en la preocupación moral de los mismos comerciantes y financieros.11​ Las monarquías feudales, en un limitado número de casos (el reino de Portugal, la Monarquía Católica —España—, el reino de Francia, el reino de Inglaterra) se habían convertido en monarquías autoritarias, fortaleciéndose frente a la decadencia de los poderes universales, y habían conseguido un alto grado de centralización del poder en sus manos, haciendo surgir un nuevo espacio político, lo que se ha denominado naciones-Estado de la Europa Occidental. Frente al absolutismo pleno que caracteriza, al menos como pretensión, a las monarquías de la Edad Moderna, surgieron todo tipo de resistencias y contestaciones, incluso en la forma de revueltas o verdaderas revoluciones (la Guerra de las Comunidades de Castilla, las alteraciones aragonesas y la crisis de 1640 en España -independencia de Portugal, revuelta de los catalanes, revuelta de Masaniello-, la Fronda francesa, la Revolución inglesa, etc.). El absolutismo real o maduro no llegó hasta la segunda mitad del siglo XVII, con el reinado de Luis XIV en Francia. Monarquía teocrática La principal consecuencia de la monarquía teocrática era que, al ser la voluntad de Dios la que elegía al monarca, éste se hallaba legitimado para asumir todos los poderes del Estado sin más limitación que la propia ley de Dios. De acuerdo con Richelieu, que teorizó sobre el absolutismo durante una época plagada de disturbios, los súbditos del monarca, incluyendo a los nobles, debían limitarse a obedecer los designios del mismo, concibiendo las relaciones entre el poder y el pueblo como unas relaciones verticales, de total subordinación. Richelieu argumentaba que sólo así podía el monarca garantizar el bienestar del pueblo, y asumía la teoría platónica de que la justicia del Estado se basaba en que cada parte se dedique únicamente a su cometido y evite mezclarse en los asuntos de las demás. En la práctica, no obstante, esta opinión tan extrema fue irrealizable: en el contexto europeo, la monarquía absoluta había evolucionado desde el feudalismo, por lo que en la práctica sobre la voluntad del monarca pesaban multitud de limitaciones de índole feudal, como privilegios nobiliarios y eclesiásticos, estatutos seglares y territoriales, fueros. Así, en la teoría absolutista europea, tal y como la analiza Montesquieu, aunque el monarca dictaba todas las leyes de acuerdo a sus intereses, que se confundía con los del Estado, los grupos privilegiados, esto es, los nobles, se erigían en consejeros y ayudantes directos del rey en sus decisiones. Los tribunales de justicia (los «parlamentos» en Francia), aparecían como una administración relativamente independiente, y el Estado absolutista se concebía como un Estado de leyes, lo que lo distinguía de una tiranía. El manejo de la religión En principio, de acuerdo con la teoría absolutista el Rey debía manejar los hilos de la iglesia y ser el jefe temporal de la misma. En la práctica, de nuevo, el poder de la iglesia era demasiado grande como para tomar sus riendas de manera tan radical, y aunque algunos monarcas, como Enrique VIII de Inglaterra, consiguieron hacerse con el control absoluto sobre la misma, si bien la mayoría de las monarquías europeas mantuvo su influencia sobre la Iglesia de una forma mucho más venal y sutil. En el caso de las naciones católicas, reconociendo tácitamente la supremacía del papado en cuestiones religiosas. No obstante, monarcas católicos como Carlos V habían obtenido el Patronato Regio, lo que les permitía el manejo, supervisión (e incluso nombramientos) en la Iglesia de su jurisdicción imperial. “Como sabéis, el derecho de patronazgo eclesiástico nos pertenece en todo el Estado de las Indias… Las dignidades, canonjías, raciones, medias raciones de todas las iglesias catedrales de las Indias se provean por presentación hecha por nuestra provisión real, librada por nuestro consejo Real de las Indias, y firmada de nuestro nombre... Ordenamos y mandamos que este derecho de patronazgo siempre sea reservado a Nos y a nuestra Real Corona, ...y que ninguna persona secular ni eclesiástica, orden ni convento, religión o comunidad ...por cualquier ocasión o causa, sea osado a entrometerse en cosa tocante al dicho patronazgo real, […]” [Real Cédula de Felipe II acerca de los derechos Patronales sobre todas las Iglesias de las Indias, del 1 de junio de 1574] Economía y sociedades Las estructuras económicas, esencialmente preindustriales, mantenían la continuidad del modo de producción feudal o régimen señorial en el campo, verdadero centro de la producción. El capitalismo, que había nacido en las ciudades medievales continuaba en una fase inicial (o transición del feudalismo al capitalismo) que, a pesar de la era de los descubrimientos que había permitido la creación de una economía mundo, se restringía a circuitos comerciales y financieros. Aunque la relación de intereses y apoyos mutuos que pudiera haberse dado entre monarquía absoluta, feudalismo y capitalismo (o entre los distintos actores sociales: reyes, burgueses, señores y campesinos) ha sido objeto de notables polémicas historio gráficas; en lo que sí hay consenso es el denominar como mercantilismo al pensamiento económico identificable con el periodo del absolutismo. El tamaño de la economía de cuyos recursos dependía la monarquía se identificó con el de un naciente mercado nacional, es decir, un mercado cuyas dimensiones coincidieran con el territorio de la monarquía, limitado por sus fronteras políticas, sometido a sus impuestos y legislación comercial, y en el que circulara su moneda y se aceptaran pesos y medidas comunes; todo ello mediante avances limitados, pretensiones que no se lograron de forma efectiva hasta el Nuevo Régimen posterior a las revoluciones liberales. Según la interpretación bullonista (de bullion, lingote de oro), la riqueza del Estado estaba respaldada por las reservas materiales de metales preciosos (el oro y la plata); según la interpretación colbertista (de Colbert, el ministro de Luis XIV), de una balanza comercial positiva estimulada por una inteligente política arancelaria que forzara la sustitución de importaciones por una producción interior controlada por el rey de todo tipo de productos, pero especialmente de los productos de lujo y estratégicos (manufacturas reales). Todas las medidas económicas deberían tener como fin aumentar la riqueza interior para así garantizar el incremento de los ingresos del Estado. El intervencionismo multiplicaba regulaciones y controles, e ignoraba cualquier concepto de mercado libre. Los privilegios y monopolios de origen feudal o los de nueva creación por arbitrio del rey, tenían un importante papel en el sistema económico: exenciones fiscales estamentales (nobleza y clero) monopolios de los gremios tradicionales o de las nuevas compañías comerciales y manufacturas reales, etc. La sociedad estamental más cerrada incluso que en la Edad Media, daba pocas oportunidades para la movilidad o el ascenso social, entre las que destacaban las carreras eclesiástica, universitaria y burocrática (nobleza de toga) y la venalidad de los cargos o la compra de títulos de nobleza. La atracción de la nobleza hacia la corte regia, además de acabar con la descentralización y ruralización propias de la Edad Media, la sometía a patrones de emulación en el lujo, la forma de vida y el servicio al rey, cuyo modelo más acabado fue el palacio de Versalles. Las revueltas interiores, fruto de las resistencias particularistas y del descontento social incrementado en las coyunturas críticas, fueron relativamente frecuentes. Interpretaciones historiográficas Para el historiador Roland Mousnier, la monarquía absoluta es el resultado de la rivalidad de dos clases: la burguesía y la nobleza. El rey arbitraba el conflicto, apoyando a la burguesía y domesticando a la nobleza, conduciendo ese conflicto a un equilibrio que aseguró su poder personal y la unidad, el orden y la jerarquía en el gobierno y en el Estado; lo que llevó a la sumisión total y a la obediencia sin límites. Por el contrario, según Perry Anderson, el estado absolutista nunca fue el árbitro entre la aristocracia y la burguesía, ni mucho menos, un instrumento en la naciente burguesía contra la aristocracia. El absolutismo fue en su esencia un aparato reorganizado y potenciado de dominio feudal, el nuevo instrumento de una nobleza amenazada, a la que permitió seguir ostentando el dominio del poder político, manteniendo a las masas campesinas en la base de la jerarquía social y a la burguesía emergente fuera de las clases dominantes. Paradójicamente, según este historiador, si bien el estado absolutista fue un instrumento para la protección de la propiedad y los privilegios de la aristocracia feudal, los medios que empleó favorecieron simultáneamente los intereses básicos de las nacientes clases mercantiles y manufactureras, posibilitando el desarrollo de las estructuras capitalistas. Algunos apartados de Anderson tomados del texto El Estado absolutista en Occidente: El absolutismo fue esencialmente eso: un aparato reorganizado y potenciado de dominación feudal, destinado a mantener a las masas campesinas en su posición social tradicional. El señor Anderson también cita en su texto a Althusser: El régimen político de la monarquía absoluta es tan solo la nueva forma política necesaria para el mantenimiento del dominio y explotación feudal en un periodo de desarrollo de una economía de mercado. Los estados monárquicos del renacimiento fueron, ante todo y sobre todo, instrumentos modernizados para el mantenimiento del dominio nobiliario sobre las masas rurales. P. Anderson. Instituciones Hacienda, burocracia, diplomacia y ejército profesional, todos ellos servidos por funcionarios o militares que deban a su formación y profesionalidad, y a la voluntad del rey (y no a su propia riqueza o nobleza) el mantenimiento de su posición; fueron los instrumentos más importantes de los que se valió la monarquía absoluta para afianzar y aumentar su poder, tanto hacia el interior como hacia el exterior. Los enormes costes de una marina de guerra y un ejércitos permanentes de mercenarios equipados con armas de fuego cada vez más modernas, implicaba la desaparición de las mesnadas feudales, reclutadas por fidelidad vasallática. El poder militar pasó de estar disperso en la nobleza a estar centralizado en el rey. La fiscalidad necesaria para sostener todos los gastos del Estado y del monarca, entre los que los que destacaban los gastos militares, los salarios públicos y los lujos de la corte, incluía todo tipo de impuestos, directos e indirectos, ordinarios y extraordinarios, además del recurso a la deuda pública, cuyos crecientes intereses terminaban convirtiéndose en un problema insoluble que llevaba a periódicas quiebras. Un cuerpo de embajadores se ocupaban de los cada vez más complejos tratados militares, comerciales y matrimoniales (todas las casas reales europeas se emparentaban para formar o mantener alianzas y conjuntos territoriales). A partir de la Paz de Westfalia (1648), el nuevo concepto de relaciones internacionales basado en el equilibrio de potencias dio un nuevo impulso a los ministerios de asuntos exteriores, y las embajadas dejaron de ser enviados informales para adquirir auténtica relevancia dentro de los regímenes absolutistas. Límites del poder absoluto El modelo político de la monarquía absoluta tiene como rasgo central la concentración de todo el poder en el rey sin control o límites de cualquier tipo. No deberían de subsistir poderes ni «cuerpos intermedios» que obstaculizaran la relación directa entre el rey y cada uno de sus súbditos. A pesar de estos principios, tanto las condiciones materiales propias de la época (que imposibilitan la existencia real de un poder ejercido de forma continua en un territorio inabarcable, sin comunicaciones eficientes -especialmente en los imperios coloniales, donde las leyes se obedecen pero no se cumplen-), como el incontestable poder ideológico, económico y social de la Iglesia y la pervivencia del régimen señorial y de costumbres e instituciones particularistas (aduanas interiores, multiplicidad de lenguas, monedas, pesos y medidas, privilegios forales, Cortes de los distintos reinos peninsulares en España, Parlaments judiciales en Francia, Parlamento en Inglaterra), determinaron que, de hecho, el poder de los reyes absolutos tuviera límites; se expresaran o no de forma explícita. En términos jurídicos, las limitaciones al absolutismo son tres: La ley divina, a la que el rey, al igual que todos los cristianos, está sometido. Las partes del Derecho que no pueden ser objeto de legislación por el rey, sino que se consideran de derecho natural y se determinan por especulación teórica de los juristas, como el derecho de gentes, que regula tanto los derechos de pueblos ajenos, a los que el rey tiene que atenerse cuando entabla relaciones internacionales (incluso en caso de guerra); o determinadas cuestiones del derecho privado de validez interna, como cuestiones relativas a la propiedad, la herencia, el mayorazgo, etc. Aquellas que se vinculan al ejercicio directo del gobierno, fueron desplazadas por los monarcas en el proceso de consolidación del absolutismo, como el recurso a cortes o parlamentos para la definición de ciertas medidas (en Francia los Estados Generales dejaron de ser citados en 1614, y solo volvieron a sesionar en 1789). Las leyes fundamentales del Reino: un conjunto de normas relativas al fundamento del Estado que no dependen de la voluntad del rey, sino que se basan en la tradición, en una suerte de «Constitución histórica» (cuya difuso reconocimiento posteriormente justificará la redacción de textos constitucionales liberales, como la Constitución de 1812). Dentro de estos principios, no necesariamente escritos, se cuentan: El principio de legitimidad, consecuencia de la necesidad de una noción de continuidad del Estado, que aunque se identifique con la persona del rey no puede dejar de ser independiente de su persona física: cuando el rey muere, la corona debe pasar a su sucesor (lo que implicaba complejas ritualizaciones: el doble cuerpo del rey, las proclamaciones del tipo El rey ha muerto, viva el rey). El rey no podía modificar la ley de sucesión que le había legitimado a sí mismo para acceder al trono. A pesar de ello, algunas sí se cambiaron, como la ley sálica que regía tradicionalmente en la monarquía francesa y, tras la llegada de los Borbones, en la española. La necesidad de establecer una regencia en casos como la minoría de edad o incapacidad del rey. El principio de religión; que no es esencialmente un rasgo del absolutismo. La confesionalidad del Estado implica que el jefe del Estado tiene la confesión del Estado. Esto era especialmente cierto para las monarquías católicas, fueran absolutas o no. La conversión de Enrique IV de Francia para poder ser rey dio un claro ejemplo (París bien vale una misa). Por el contrario, en Alemania la guerra de Esmalcalda había imposibilitado la formación de cualquier tipo de monarquía absoluta (o ningún tipo de Estado centralizado); y se estableció el principio opuesto cuius regio eius religio (la religión del rey es la del reino). En el caso del reino de Inglaterra, la posibilidad de que un católico accediera al trono era vista como una amenaza de absolutismo; con lo que la identificación del rey con la cabeza de la Iglesia anglicana suponía uno de los rasgos más de la monarquía parlamentaria. Proponentes del absolutismo Luis XIV de Francia El cardenal Richelieu, ministro principal de Luis XIII de Francia Felipe V de España Carlos XII de Suecia Jacobo II de Inglaterra Carlos II de Inglaterra Federico Guillermo I de Prusia Pedro I de Rusia Fernando VII de España Gustavo III de Suecia Carlos VI de Austria El ejemplo francés El ejemplo más característico de una monarquía absoluta es el de la monarquía francesa, que demuestra asimismo cómo lograr hacer caer el régimen feudal no fue tan sencillo. La frase L'état, c'est moi (‘El Estado soy yo’), es la frase célebre de Luis XIV, uno de los más famosos monarcas absolutos de Francia. La Francia en el siglo XV era un mosaico de regiones con distintas tradiciones, privilegios y regímenes legales. La tendencia de la monarquía francesa a centralizar el poder aparece sobre todo tras el fin de la Guerra de los cien años. Tras la invasión inglesa y la derrota de la vieja nobleza en la batalla de Agincourt, su prestigio queda seriamente dañado, algo que es aprovechado por los monarcas franceses para incrementar su influencia y poder. Hasta entonces, los reyes de Francia habían sido considerados como un primus inter pares por parte del resto de la nobleza francesa, y su influencia real se limitaba a los territorios patrimoniales de la casa Capeto, esto es, la Île de France. El primer monarca en desarrollar la tendencia centralista fue Luis XI, que se sirvió de múltiples intrigas para extender su autoridad por todos aquellos territorios que conformaban la Francia del siglo XVI. Sus sucesores continuaron esta política, que pasó con reducir la potestad de los nobles en sus señoríos jurisdiccionales y el desarrollo de una administración centralizada. Sin embargo, esta tendencia chocaba con importantes problemas de comunicaciones: comúnmente, las órdenes reales no llegaban en tiempo y forma a todos los rincones de Francia, y por lo tanto el poder en los señores locales se veía favorecido. El nombramiento de gobernadores locales y el control férreo sobre el nombramiento de cargos públicos tendió a reducir la influencia de los nobles locales a favor de la del Rey, aunque generó toda una casta de nobles de toga que compraban cargos públicos para luego beneficiarse de ellos a costa del Rey. En cuanto a la economía, como en cualquier régimen absolutista, era mercantil y el monarca intervenía en ella activamente. En lo que a la sociedad se refiere, ésta estaba dividida en órdenes o estamentos, entendidos como la condición social y política de índole colectiva que se define por un conjunto de libertades. A lo largo del siglo XVI los sucesivos monarcas incrementaron su influencia, pero de ellos se esperaba que actuaran siguiendo la ley divina y el derecho natural, esto es, que respetaran las costumbres feudales. El absolutismo monárquico Autor: Mariano Fain ¿A que se denomina absolutismo monárquico? Fue un régimen político característico de la etapa de transición entre la Edad Media y la Edad Moderna en Europa occidental. Específicamente tiene lugar entre los siglos XVI al XVIII. Su característica más destacada es la concentración de todo el poder político en las manos de un monarca. El rey gobierna sin más restricciones que su propia voluntad, la cual por lo tanto tiene el valor de una norma jurídica. No se concibe la existencia de los poderes entendidos como inherentes a cualquier régimen republicano o democrático, o sea, el ejecutivo, el legislativo y el judicial. El soberano tiene sólo derechos y el pueblo, sus súbditos, sólo obligaciones. El absolutismo monárquico surge como una evolución en la acumulación del poder de las monarquías, la cual se incrementa a partir de la Alta Edad Media alcanzando su cenit en la modernidad. ¿Quién fue el monarca absoluto más representativo? El paradigma de rey absolutista fue Luis XIV, aquel que supo sintetizar los principios de este régimen en una fórmula memorable: “L’État, c’est moi” (El Estado soy yo). Su sucesor también pudo expresarlo con suma claridad: “Es sólo en mi persona donde reside el poder soberano, cuyo carácter propio es el espíritu de consejo, de justicia y de razón; es a mí a quien deben mis cortesanos su existencia y su autoridad; la plenitud de su autoridad que ellos no ejercen más que en mi nombre reside siempre en mí y no puede volverse nunca contra mí; sólo a mí pertenece el poder legislativo sin dependencia y sin división (…)”.1 ¿Cuáles eran las costumbres diarias de los monarcas absolutistas? A modo de ejemplo muy gráfica resulta una jornada de la vida de Luis XIV según la describen J. Isaac y Alberto Malet: “Luis XIV tenía pocas ideas que le fueran propias; sólo tenía una muy arraigada en la mente y que fue dominante en su vida. En su infancia le habían dicho que el rey era una divinidad visible, un semidiós. El primer modelo de escritura que le dieron para que copiara estaba concebido así: ‘Se debe homenaje a los Reyes, ellos hacen lo que les place’. Estaba pues convencido de que él era un ser aparte, que tenía su corona por voluntad divina y que era por la gracia de aquél que él representaba en la tierra. De esta idea, que casi todo el mundo admitía entonces, Luis XIV deducía dos consecuencias. En primer lugar, como representante de Dios, debía ser dueño absoluto, disponer libremente de los bienes, de la persona y de la vida misma de sus súbditos, los cuales tenían el deber de obedecer ‘sin discernimiento’. En segundo lugar, tenía la obligación de cumplir concienzudamente su oficio de Rey (la frase es de él). Debía, en fin, trabajar y atender en todo al bien del estado. La idea de que él era el representante de Dios, infundió a Luis XIV el más prodigioso orgullo. Tomó por emblema un Sol resplandeciente, y de aquí el sobrenombre de Rey del Sol. Sin temor del diablo, pretende Saint-Simón, se hubiera hecho adorar y no habrían faltado adoradores: los cortesanos se descubrían para atravesar su cámara vacía y, delante del lecho real o del cofre que contenía las toallas del rey, hacían una reverencia, como en la iglesia, delante del Tabernáculo. Organizó el culto de la majestad real, y cada uno de los actos ordinarios de su vida diaria, como levantarse, comer, pasearse, ir de caza, cenar y acostarse, llegó a ser un ejercicio del culto; una ceremonia pública cuyos pormenores estaban minuciosamente fijados por un reglamento: eso se llamaba ‘etiqueta’. Se levantaba a las ocho de la mañana, e inmediatamente los cortesanos eran introducidos en su cámara por series, que se llamaban entradas. A la hora de levantarse había seis entradas, al cabo de las cuales había por lo menos unas cien personas en la real cámara. Los más favorecidos eran admitidos desde el momento en que el rey salía de la cama y se ponía la bata o traje de mañana; los menos favorecidos no entraban sino cuando se había frotado las manos con una toalla en alcohol y acababa de vestirse. La etiqueta indicaba las personas que debían presentar las diferentes prendas de vestir. Verbigracia: la camisa, llevada en una envoltura de seda blanca, debía ser presentada por un hijo del rey o un príncipe de sangre y sólo a falta de estos, por el gran chambelán. La manga derecha la presentaba el sumiller de corps y la izquierda el primer guardarropa real. El jefe del ropero ayudaba al rey a ponerse y abrocharse el pantalón. Ya vestido el rey pasaba a su gabinete, daba órdenes para el día y después iba a misa. Al salir de la capilla, celebraba consejo con sus ministros hasta la una y algunas veces hasta más tarde. A la una comía solo en su cámara; la etiqueta era tan minuciosa como para levantarse. Cada plato lo llevaba un gentilhombre, precedido de un ujier y de un jefe de comedor, que tres guardias de corps escoltaban con la carabina al hombro”. 2 ¿De qué manera los reyes justificaban tal acumulación de poder? Dos eran los medios argumentativos tendientes a legitimar el ejercicio absoluto del poder por parte de los monarcas. Uno podríamos denominarlo religioso y el otro, filosófico. El primero es el que le da origen a la llamada teoría del derecho divino, que afirma que los reyes gobiernan por ser los representantes de Dios en la Tierra y por lo tanto sin restricciones y debiendo sólo rendir cuenta por sus actos ante él. El principal teólogo y defensor de esta teoría/doctrina fue el francés Jacques Bossuet, quien expresaba: “Dios establece a los reyes como sus ministros y reina a través de ellos sobre los pueblos (…). Los príncipes actúan, pues, como ministros de Dios y son sus representantes en la Tierra. Por esto, el trono real no es el trono de un hombre sino el trono de Dios mismo. Así, la persona de los reyes es sagrada y atentar contra ellos es un sacrilegio. Se debe obedecer a los príncipes por principio de religión y de conciencia. El servicio de Dios y el respeto por los reyes son cosas unidas (…) Dios ha puesto en los príncipes algo de divino”. 3 Otro defensor de la teoría del derecho divino supo expresar: “Dado que, después de Dios, nada hay mayor sobre la tierra que los príncipes soberanos, instituidos per Él como sus lugartenientes para mandar a los demás hombres, es preciso prestar atención a su condición para, así, respetar y reverenciar su majestad con la sumisión debida, y pensar y hablar de ellos dignamente, ya que quien menosprecia a su príncipe soberano menosprecia a Dios, del cual es su imagen sobre la tierra”. 4 Pero sin apelar a la teoría del derecho divino, otros pensadores justificaron la necesidad de un gobierno absoluto. El mayor exponente fue el contractualista Thomas Hobbes, quien entendía que la única forma de imponerle un freno a la maldad intrínseca del ser humano era merced a la creación de un gobierno fuerte, que surge de la renuncia de todos los derechos de quienes forman parte de la sociedad con el objetivo de poner fin a la “guerra de todos contra todos”. ¿La Biblia en algún pasaje o fragmento menciona o hace referencia al ejercicio del poder? Sí. La Epístola a los Romanos que expresa: “Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos”. ¿De qué instrumentos y/o estrategias se valieron para extender el poder en todo el territorio? Se aplicaron diferentes medidas como la creación de una burocracia y de un ejército permanente dependientes del poder central. Se subordinó a la nobleza y a la Iglesia y se utilizaron las actividades diplomáticas. ¿Qué tipo de política económica aplicaron los gobiernos absolutistas? Estos gobiernos aplicaron un conjunto de medidas económicas conocidas como mercantilismo. Concebían que la grandeza y poder de los estados era directamente proporcional a la cantidad de oro y plata que podía acumularse. Proponían la adopción de un conjunto de medidas de carácter proteccionista que inhibieran las erogaciones de metálico, como las prohibiciones a la compra de insumos extranjeros.A lo largo del siglo XVII o de los Ministerios, como es llamado en Francia ya que gobernaron dos primeros ministros en vez de un rey, Richelieu y Mazarino, la autoridad real tiende hacia el centralismo, y el absolutismo se apuntala: se uniformizan impuestos, se restringe la autonomía de los Parlamentos provinciales, se integran en Francia territorios hasta entonces independientes como Navarra, la Lorena y el Bearn, se desarrolla la administración central, se reforma el ejército y se profesionaliza. Sumida en una profunda crisis económica y en medio de grandes revueltas tales como la rebelión campesina de los Croquants o la rebelión aristocrática de La Fronda, que debilitaron en apariencia la autoridad del Rey, a la larga el triunfo de éste sobre los rebeldes apuntaló el absolutismo, y para cuando Luis XIV alcanza la mayoría de edad, la autoridad del monarca es indiscutible. Luego de la muerte de Mazarino, Luis XIV instaura su gobierno personal y pasa por arriba de todo lo existente y se impone nombrando a los ministros de su preferencia para que realicen las funciones vitales, que acompañados por un pesado sistema burocrático sin pocas innovaciones, hacen de lo que será la vida de Francia en aquel entonces. En cuanto a su plan económico, se tiene una economía basada eminentemente en la agricultura, con predominio del sistema de origen feudal, con aduanas y con altos impuestos que pueden ser pagados en especias o en diezmos según lo cosechado por los campesinos. Cuando hay malas cosechas, el país pasa hambre, pero los muchos impuestos no se reducen pues deben sufragar las continuas guerras del monarca así como el lujoso estilo de vida del éste y de la corte. Para sostener en parte los gastos de la corte se crean las manufacturas reales de la mano de Colbert, destinadas a satisfacer la demanda de productos de alto lujo por parte de la nueva burguesía y las demás casas reales. Sin embargo, los trabajadores siguen ordenados en gremios según el oficio y con escasa conciencia capitalista. En lo social, Francia contaba con una sociedad altamente estratificada en la época y con privilegios sólo para los nobles y los clérigos, que los distinguían en cuanto a la ley y a los tributos. Los no privilegiados, entre los que se incluían los campesinos y el Tercer Estado, estaban sometidos a todos los gravámenes y se encontraban bajo el imperio de una ley mucho menos benevolente. De ellos se esperaba que obedecieran y respetaran a los otros dos estamentos, a los que en realidad sostenían económicamente.l absolutismo retorna a sus originarias concepciones paganas. Reuniendo en una misma mano el cetro y la cruz, confundiendo lo que corresponde al César y lo que corresponde a Dios, se hace totalitario. Luis XIV en Francia, también llamado el “Rey Sol”, quien gobernó hasta su muerte desde 1643 hasta 1715. Fuente: https://www.caracteristicas.co/absolutismo/#ixzz5bcSux9BX

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Fuentes:

Burgos Baena, Agustín (2017). Análisis bursátil avanzado


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Burgos Baena, Agustín. (2017). Ámbito de estudio de las finanzas. Recuperado de: http://ayudandomascotas.com/absolutismo.html

         

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